Categoría: Un sol, un amor

El hombre de madera.

Compré un hombre de madera. Uno pequeño porque no soy pintor. Nunca me eduqué apasionadamente en el arte de las proporciones. Apenas y hago bocetos, perfiles, cuerpos incompletos, sin sombras. Mi madre tiene un hombre de madera más grande, mejor hecho. Éste, siento que si lo muevo demasiado, se va a romper. Procuro no moverlo. Sin embargo, cada día presenta una posición distinta. El hombre de madera “se mueve solo”. Luego pienso que lo movió mi mujer, la señora de la limpieza o el cacto con sus extremidades espinosas, pero no estoy para verlo. El hombre de madera se...

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Un momento de observación.

Salí a tomar un café. Una pareja estaba frente a mí. Leía, luego le miraba las botas, luego leía otra vez. Mi cabello húmedo goteaba por la lluvia que me agarró a medio camino. Prendí un cigarrillo, mi garganta se quejó, además de la lluvia y la gripe, perdí algo en el camino. Oscar habla de María, y la disposición que tiene para comprar tambores de hojalata. Oscar habla de los errores que cometió, pero no se siente culpable. La chica de enfrente exclama–. No pude decirle nada, porque era su depa –El chico, visiblemente interesado en ella, le sonríe, pero no se atreve a tomarle la mano. Lo está usando, pensé. La clásica historia del amigo que desea, y no hace nada. Es el tiempo el que se encarga de convertir el capricho en infatuación y tal vez, amor. Pensé en mi perro y sus lágrimas artificiales. –Probablemente las necesite para toda la vida –nos dijo la veterinaria. Lágrimas de cocodrilo encapsuladas. Perdí, pensé, perdí una oportunidad más. Tienes que perder muchas veces, luego pensé, a manera de consuelo. El consuelo de los pendejos, diría mi abuela. Oscar tiene nuevos tambores gracias a María. Mi mujer llegó en su auto. Cerré mi lectura y apagué mi...

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Ningún ejercicio fácil.

Tengo la idea de que un escritor no debe hacer ejercicios fáciles. Cuando está sentado, en el papel del escritor y su lucha frente a una hoja en blanco, buscando qué escribir… lo primero que debe hacer es un ejercicio. Hablar o construir lo que es imposible. Hacer un palíndromo o jugar con los anagramas. Escribir dos párrafos cursis. Escribir tres líneas muy sencillas. Un haikú o un tanka. Tratar de escribir un soneto alejandrino o un endecasílabo. Los ejercicios, como con el cuerpo, se hacen para la perfección. La perfección del escritor es el dominio del idioma, un encuentro preciso con las palabras que busca (y las que no busca también). Hay escritores que abren una hoja al azar en su diccionario y usan alguna palabra para iniciar su ejercicio. Otros escriben todo lo que escuchan mientras están en un restaurante. Otros más, evitan ciertas consonantes o ciertas vocales. ¿Qué se trae el idioma, que luego todo lo puede? Personalmente, mi ejercicio preferido –especialmente en domingo–, es acomodar una libreta sobre la espalda de mi mujer y sencillamente escribir. La lucha de las manos y del sexo para permanecer en un sólo lugar, mientras escribo renglones y renglones de palabras, y oraciones inconclusas, pero la práctica hace al maestro. Eventualmente mis manos adquirirán la firmeza de mi sexo y mi mujer la constancia de un papel curvo, y...

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Sabadeando con Sol.

Salí a tomar fotos con el modo ráfaga de la cámara, las pegué todas en iMovie y le agregué “You’re my best friend” de Queen. Espero mi mujer tome esto como el regalo de aniversario y me quiera más. Tal vez, en algún momento, haga una versión enorme de mi caminata regular. Salud. Sabadeando con mi...

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Libreros (3).

Así como la segunda sección del librero tiene muchas que decir, hay secciones que dicen casi nada. Secciones terceras o cuartas, que no están a la vista. Sólo los humanos valientes, con ganas de tronar las rodillas, pueden descubrir las joyas que ocultan esas secciones. Los “libros arrastrados” aquí, son: “La vida en rosa, el príncipe azul” (Jessica Kreimerman), “El desafío de la paz” (Kurt Waldheim), “El descenso de Xanadú” (Harold Robbins), “La prisión blanca” (Alfred Lansing), “El embajador” (Morris West), “Historia de las doctrinas filosóficas” (Raúl Gutiérrez Sáenz). Ninguno de esos está en leído. Algunos fueron empezados, pero prontamente reemplazados por otros caprichos. (Por ejemplo, el de Lansing, que narra una de las expediciones más emocionantes). Los clásicos: “El arte de amar” (Erich Fromm), “Las diecinueve tragedias” (Eurípides), “Don Juan” (Byron), “La isla del tesoro” (Stevenson), “Un mundo feliz” (Huxley), “Crimen y castigo” (Dostoivesky), “Madame Bovary” (Flaubert), “El perfume” (Patrick Süskind). Dos libros de teoría literaria que me prometí leer alguna vez. El de Umberto Eco y una colección de ensayos acerca de la cultura del relato. También están en mi lista de pendientes. (Insisto, ¿qué libro no está en una lista de pendientes? Ah, “El Peregrino”, de Coehlo). Está el segundo libro de la Saga de los Cole, de Noah Gordon, “El Chamán”. Una de las pocas sagas de ficción histórica que seguí con interés. Muchos recordarán...

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Disciplina. Eres mi amistad.

Eso le digo a mi perro en las mañanas: “Disciplina Killer, eres mi amistad”. El perro ni voltea, simplemente busca un rincón y duerme. Asumo que está mejor disciplinado de lo que me imaginé. Mañana se lo diré a mi mujer, bien tempranito: “Disciplina Sol, eres mi mujer”. Seguro una patada accidental caerá en mi entrepierna y luego recargará la rodilla en mis tanatitos. Las sutilezas del matrimonio. No se hable del cacto: “Disciplina Bob, eres mi mejor amistad”. El cacto, mientras cruje entre sus espinas ensangrentadas los intestinos de un gato muerto, volteará a verme y le brillarán los ojos. Al menos he logrado que evite los niños, por nuestro bien. –Vivimos en un lugar muy pequeño Bob, aquí, seguro vendrá una turba y nos linchará con piedras y antorchas –Preocúpate por ti, que eres humano –responde el cacto y unos ojos negros inexpresivos. Sin embargo, los niños no han desaparecido y asumo que el cacto se preocupa por mí, a su manera muy particular de preocupación. Es una vida muy tranquila la de Cholula, nubes llenas de tres puntos y vientos que alargan los silencios. En las tardes, todavía pasan las bicicletas de los señores que tienen oficios. Señores disciplinados. A la mejor por eso me es tan fácil tener un oficio ahora. La disciplina te cae sola como una rutina en un lugar donde no sucede...

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Aquí no es el cielo

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