Categoría: Hoy es domingo

De Twitter: Hoy es domingo.

Foto original: Lalo Vazquez. El domingo en twitter, se caracteriza por el mismo barullo de todos los domingos: Hoy es domingo. Tal vez porque twitter hizo algo al respecto no se convierte en algo mágico y misterioso llamado Trending Topic. En domingo no se hace nada, más que las pequeñas quejas que ni se escriben bien porque estamos todos crudos, o tirados en un sillón mirando el techo, y la pantalla, y luego el techo. Conforme avanzan las horas, domingo cambia por lunes: “Mañana es lunes, no mamen. Devuelvan mi fin de semana”. Las variantes de una misma frase se hacen presentes, en todos los sabores. Mientras que hace algunos años, cuando no estábamos sumergidos de avances tecnológicos, probablemente eran los domingos familiares de subirse a la carcachita y que te llevaran a la playa. Los domingos de Chapultepec. Los domingos de Cholula. El domingo en la Alameda. Los domingos para desayunar en el bufet. Quién sabe. Lo que estoy seguro, es que Velarde habla mejor de los domingos que cualquiera de nosotros. Domingos de provincia. En los claros domingos de mi pueblo, es costumbre que en la plaza descubran las gentiles cabezas las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre y la banda en el kiosco toca lánguidas piezas Y al caer sobre el pueblo la noche ensoñadora los amantes se miran con la mejor mirada y la orquesta...

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Las luchas.

Hoy es domingo. Lo único que lo puede mejorar es que el día de mañana, es día de lucha libre en la arena Puebla. Recuerdo los días de niñez, cuando en la tele mirábamos a los luchadores golpearse, volar, arrancarse las máscaras, insultarse entre ellos o insultar al público, a la porra ajena. Sus máscaras y sus atuendos son el verdadero súper héroe moderno. La evolución del concepto. En un ring, ves la lucha emocionante y verdadera entre el bien y el mal, los técnicos y los rudos. La gente aclama como lo harían en la vieja Roma, y...

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Levanta tu colilla, güero.

¿De dónde salieron tantos cigarrillos? Los miro y no puedo pensar más que en un hombre, recogiendo las colillas y llevándolas a ese lugar. Un hombre obsesivo, tal vez. Empezó con su propia colilla y luego se dijo–. Qué feo, tirar las colillas en la calle, aplastarlas, dejarlas ahí –Luego miró otra colilla y una colilla más. Las colas de los perros. Las colas de las mujeres. Las colas de un papalote. –Hoy es domingo, no tengo otra cosa qué hacer –se dijo, para darse un empujón y empezar la recolección. Sus piernas pequeñas se movieron rápidamente por toda...

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The Kingdom Of Rust.

Necesitaba dejar la ciudad para darme cuenta que me gusta, y me gusta mucho. Me gusta el tráfico, el exceso de gente y ese velo gris que constantemente amenaza con oscurecerla perpetuamente. Ahora como turista, paseo con tiempo las tiendas, los pequeños lugares para comer que jamás encontrarás en otro lugar, los amigos y familiares que se presentan como un fantasma en las esquinas. Entro a la ciudad y lo único que puedo pensar, es en la necesidad de buscar aventura y recuerdos, caminos que me reafirmen y me transformen. Adoro “La Crepería de la Paz”. El nombre del restaurante es en francés, pero no lo recuerdo exactamente. Hay uno en Polanco y otro en la Condesa. Sí, ya sé, hablar de la condesa y dónde comer es de lo más mamón en esta tierra, pero ahora que estoy lejos lo aprecio. Café, crepas dulces y luz de velas. Un lugar para platicar durante horas mientras el paladar aún te sabe a un dulce muy sutil que modifica tus palabras. El trato es excelente. No es caro. Pasear en un jardín, un domingo en la noche, dentro de la Ciudad de México es como atravesar una puerta que te lleva lejos. Un mundo dentro del mundo. El silencio del parque, con parejas y amigos que platican a todo volumen, el sonido del viento contra los árboles, el escándalo de...

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Rojos y grises.

Hoy es domingo. De verdad, lo es. Eso dice mi nuevo reloj en un LCD transparente y que, además, marca la temperatura. Los domingos prendo un cigarrillo y la nueva rutina, de la nueva mascota, exige su cambio de agua todos los domingos. Primero lo observo durante varios minutos. El betta es consciente de sus alrededores y si descubre movimiento, suele perseguirlo con curiosidad. Dicen que eventualmente reconoce a su alimentador. No me gusta decir dueño, porque hablar así de un “hermoso guerrero” es un poco… triste, prefiero alimentador. Es rojo, casi guinda, y sus escamas parecen grises en el fondo. Tiene la barbilla y el rostro gris. Eso me preocupaba un poco. No podía recordar si tenía el rostro gris de inicio y, honesta y desgraciadamente, no me fijé en todos sus colores el día que nos conocimos. A veces pienso que tiene hongos. Sin embargo, luego de ver con atención sus escamas encontré ese gris que le da un suave contraste. De vez en cuando le pongo un espejo para que se sienta macho, abra las aletas y marque su territorio. Eso lo mantiene activo y con ganas de putear gente. El pez betta es un gangster nato. Otra cosa que ayudó fueron unas plantas y un coral artificial adentro de su pecera. Suele nadar alrededor de ellas, pensando que ahora vive en un mundo aparte, un...

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Del amor joven y atormentado.

Hoy es domingo. Los domingos una capa de polvo me cubre los brazos y tengo que sacudírmela si quiero, siquiera, escribir. Entonces me acordé de cuando era niño, tal vez puberto, y lo fácil que era sufrir por amor. Chamaquitos que creen –de corazón– saber lo que es amor del bueno. Luego de varios años, pienso que el amor se entiende mejor después de vivir una serie de cosas. Una lista muy sencilla de experiencias: La muerte de algún familiar, o de tu primer amor. Una enfermedad mortal en alguno de tus seres queridos. Leer varias novelas y escuchar a varios poetas recitar. Mirar alguna obra de Shakespeare. Que te apunten con un arma. Tener trece pesos en el bolsillo, dos semanas antes de terminar el mes. Que un amigo te traicione. Ir, al menos, a un concierto. Sorprender con un beso y aceptar las consecuencias. Colorear un libro de esos de diez pesos, para niños. Escuchar un poco de música clásica. Que te metan un dedo por el culo. Trabajar sin dormir durante tres días. Follar, lo suficiente, para distinguir el bien del mal. Apreciar la belleza de un cuerpo desnudo. Cualquier cuerpo. Cuidar algún animal, cuidar alguna planta, cuidar tu coche. La palabra clave es cuidar. Mantener un diario. Viaja. No importa a dónde. Escuchar “Cénit” de La Castañeda. Ver un muerto. Negar el sexo y sus...

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Con eso no se juega.

Mi niño, con eso no se juega. Hoy es domingo. Los domingos son para el descanso y la reflexión. Son para estar acostados en el jardín y permitir el quemón del sol. Mi niño, deja tus juguetes y tus letras, ven conmigo al río. Permite que el sonido del agua te lave las orejas y los dientes, te despoje las palabras y enfríe tu ombligo. No, niño, con eso no se juega, guarda tus pantallas portátiles, tus mundos alternos, tus fantasías adictivas. Ven conmigo al mercado, ayúdame a cargar mis bolsas y compremos juntos la comida de la semana. Tú y tus hermanos estarán muy hambrientos de Lunes y Martes, necesitarán los postres de los Miércoles, el café del Jueves, la sopa caliente de un Viernes y el licor del Sábado. Ven conmigo niño. El domingo regálame la obediencia de tu cuerpo, la languidez de tus extremidades, la nostalgia de tu mirada. Hoy es domingo niño, no juegues, no trabajes, simplemente acompáñame como lo hacías en el...

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Tengo un diario.

Hoy es domingo. Además, es una hora más tarde. ¿Disfrutaron sus vacaciones? ¿Se relajaron? ¿Ya el estrés desapareció para ustedes? ¿Además, desearían que sus vacaciones jamás hubieran terminado? Hoy es domingo. Mañana es el pronto regreso al ritmo habitual. Millones de personas, tras sus puestos de trabajo, murmurarán silenciosamente cuanto lo odian. Mi trabajo es tener un diario. Registrar cada uno de estos murmullos y hacer un cuento con cada uno. Es una tarea muy estúpida, porque los millones de cuentos tienen los mismos títulos: “Odio los lunes”, “Ojalá siguieran las vacaciones”, “Ya no quiero trabajar”, “Desprecio mi oficina”. Escribir cuentos con los mismos títulos lleva a un reto y la propuesta es dirigirlos a distintos caminos. Millones de caminos. No puedo terminarlo. Abrí un diario y sigo escribiendo. Creo que voy a morir antes de terminar uno siquiera. Tendré que disminuir los tiempos en que voy por cigarrillos y coca cola. Tal vez tenga que dejarlos. Tal vez ya no pueda comer. Tal vez ya no salga de aquí. Tal vez mis pies se entierren en el piso y todas las formas de pelo me crecerán, y me atarán a la silla. Tendré una gran joroba. Jamás volveré a bailar. Jamás, me interesará si “hoy es domingo”. Uno cae en cuenta. ¿Qué caso tiene quejarse y escribir los millones de cuentos de esos malos pensamientos? Tan pronto hice...

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Aquí no es el cielo

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