Diciembre, diciembre, oh mi querido diciembre.

Unos niños tocaron la puerta, ofreciéndome galletas para salvar el mundo. No sabían que andaba medio desnudo, a punto de bañarme, y tampoco sabían que no había suficiente dinero en mi cartera para salvar al mundo. Dejé que el perro les ladrara un poco más y después respondí: “Ahorita no”. Ni galletas, ni salvar el mundo. Estoy bastante contento como estoy, tratando de mejorar el mío… aunque no tengo que mejorarlo. Es un mundo apacible, es un mundo tranquilo, de cielo azul y muy silencioso. Hasta el cacto lo sabe. El cacto, en sus momentos de aburrimiento, juega con los gatos que en otro momento se hubiera comido. –Mírame, nos estamos aventando la pelota –dice con una sonrisa estúpida, su agua interna resbalándole por la boca como la saliva del dormido sobre una almohada. Sus ojos se enchuecan. De madrugada, mientras jugaba Final Fantasy IV, escuché lo que parecieron unos cohetes. Enmudecí al televisor y los escuché. ¿Eran cohetes? En casa, habría sospechado que eran los balazos de las colonias adyacentes. Hice una mueca. Sonaban como cohetes, a no ser que fuera una metralleta. ¿Cohetes a las cinco de la mañana, o seis, de un martes? Estamos en diciembre, cada día se celebra algo en las iglesias. Era posible. Le regresé el sonido al televisor. Escuché a unos niños. Cinco de la mañana, ¿qué les pasa? Mi vecino subía...

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