Categoría: Otros que escriben.

La madre de Oscar, por fin, descansa en paz.

No recuerdo con exactitud el día que tomé el Tambor de Hojalata (de Günter Grass) y comencé su lectura. Sé que fueron años. Me recuerdo en distintos escenarios, con tres ediciones distintas (dos a papel, una digital) y recuerdo una lectura lenta, que exigía apaciguar a mi devorador de libros interno. Recuerdo que exigía mucha atención. Recuerdo que exigía la mayor parte de mi inteligencia para relacionarme, entenderlo, para hacer conexiones a otros textos, desde las más evidentes hasta las más sutiles (y es imposible lograrlo en una sola lectura). Recuerdo que deseé haberlo leído en alemán, y después me sonreí idiota, y me dije–. Para eso, debí aprender alemán (imbécil). Luego viene esa curiosa gula del lector obsesivo: necesito leer de todo lo que habla, necesito ver todas las pinturas que menciona, necesito caminar por todos los lugares donde Oscar camina, escuchar la música que tocan. Veo tambores y pienso en Oscar, veo pescado y pienso en la madre de Oscar, veo cartas y pienso en Matzerath y Jan Bronski (de ojos azules, pobre Jan Bronski), veo las faldas largas de las mujeres y pienso en la abuela Koljaceck, enciendo mi cigarrillo y Jan Bronski, y pobre Matzerath, padre, y el incendiario, el abuelo. Veo blanco y negro, y pienso en Goethe y Rasputín. Hoy no puedo analizar la lectura, no puedo hacerlo porque acabo de cerrar un...

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De Twitter: Hoy es domingo.

Foto original: Lalo Vazquez. El domingo en twitter, se caracteriza por el mismo barullo de todos los domingos: Hoy es domingo. Tal vez porque twitter hizo algo al respecto no se convierte en algo mágico y misterioso llamado Trending Topic. En domingo no se hace nada, más que las pequeñas quejas que ni se escriben bien porque estamos todos crudos, o tirados en un sillón mirando el techo, y la pantalla, y luego el techo. Conforme avanzan las horas, domingo cambia por lunes: “Mañana es lunes, no mamen. Devuelvan mi fin de semana”. Las variantes de una misma frase se hacen presentes, en todos los sabores. Mientras que hace algunos años, cuando no estábamos sumergidos de avances tecnológicos, probablemente eran los domingos familiares de subirse a la carcachita y que te llevaran a la playa. Los domingos de Chapultepec. Los domingos de Cholula. El domingo en la Alameda. Los domingos para desayunar en el bufet. Quién sabe. Lo que estoy seguro, es que Velarde habla mejor de los domingos que cualquiera de nosotros. Domingos de provincia. En los claros domingos de mi pueblo, es costumbre que en la plaza descubran las gentiles cabezas las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre y la banda en el kiosco toca lánguidas piezas Y al caer sobre el pueblo la noche ensoñadora los amantes se miran con la mejor mirada y la orquesta...

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Los días de la semana en cien palabras.

Jordi Cebrián, en sus cuentos de cien palabras, hizo una serie que se refiere a los días de los semanas. Textos muy recomendables (y su bitácora entera es una gran referencia para la micro ficción, tan popular en estos días). Aquí presento las ligas directas a estos textos, para que no se pierdan. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Lunes. Martes. Miércoles. Curiosamente, los días miércoles son mis preferidos. El día miércoles lo reconocía en publicidad como ese día perfecto donde… lunes y martes, aún no se habían decidido a dar el proyecto, y jueves y viernes, donde las fechas les cayeron encima y aprobaron los presupuestos, así que el trabajo se extendía hasta el sábado, y a veces domingo. El miércoles generalmente regalaba un descanso de mirar la pantalla, picarse los ojos y hurgarse la nariz, durante las horas...

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De escribir enojado.

Por lo tanto, desde que llamó Saul he escrito cinco cartas. Dos largas, una corta, otra corta con una postdata de dos páginas y otra tan larga y tremenda que ni siquiera yo puedo leerla. Mis cartas resultaban bonitas, sin duda, pero escribir cuando estás enfadado es como hacerlo cuando estás borracho: en el momento crees que estás haciendo algo estupendo (incluso profundo) y, sin embargo, cuando lo lees por la mañana… Dios mío. Incluso cuando uno está sobrio, es difícil confiar en las palabras: pones dos o tres juntas y enseguida empiezan a agitarse, a conspirar significados inesperados por aquí, a fermentar matices engañosos por allá y a disparar en dirección equivocada cuando y como quieren. Naturalmente, me habría gustado escribirle algo tan cierto, tan conmovedor, tan elegante, tan ingenioso, tan inspirado, tan estupendo, tan directo y tan oblicuo, que ella no pudiera hacer otra cosa que rendirse. Tal vez un poema o todo un ciclo titulado Canciones y sonetos. Pero al final me encontré con que no podía confiar en que las palabras fueran más allá de la misión elemental. –“El calígrafo”, Edward...

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Aquí no es el cielo

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