Variante de un recuerdo.

Los cuervos, esperan sentados sobre un árbol a que Dios los resucite. Mientras tanto, beben, ríen y fuman. Algunas veces sacan cartas y juegan póker tejano. Otras veces, recitan poesía y cuentos. Los cuervos no son ávidos lectores, pero escuchan y tienen memoria. Todos los cuervos son el mismo cuervo, así que se saben los mismos cuentos y los mismos poemas. Todos entienden cuando alguno empieza una novela de Dostoievski, la transforma en una de Flaubert, la adereza con el terror de King y la remata con el post de algún famoso bloguero en turno. Todos los cuervos se ríen, porque saben del masacote que hizo el cuervo ingenioso y es una agradable forma de pasar el tiempo. Dios ignora a los cuervos. Dios prefiere los cuervos de Ted Hughes, o los de Allan Poe. Cada vez que los lee, se dice–. Ojalá que hubiera hecho cuervos así –y luego mira a sus otros cuervos, jugando y apostando sobre un árbol que de vez en cuando los manotea (cuando molestan demasiado y él trata de dormir) y niega lentamente, en silencio. –Los trámites están tardando mucho –dice un cuervo y otro se ríe, le responde mientras abre una botella y sirve todas las copas con sus alas negras–. Los cuervos saben esperar, jamás se aburren –Ahora que todos los cuervos están muertos, de vez en cuando acompañan a la...

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