Categoría: Las historias.

La madre de Oscar, por fin, descansa en paz.

No recuerdo con exactitud el día que tomé el Tambor de Hojalata (de Günter Grass) y comencé su lectura. Sé que fueron años. Me recuerdo en distintos escenarios, con tres ediciones distintas (dos a papel, una digital) y recuerdo una lectura lenta, que exigía apaciguar a mi devorador de libros interno. Recuerdo que exigía mucha atención. Recuerdo que exigía la mayor parte de mi inteligencia para relacionarme, entenderlo, para hacer conexiones a otros textos, desde las más evidentes hasta las más sutiles (y es imposible lograrlo en una sola lectura). Recuerdo que deseé haberlo leído en alemán, y después me sonreí idiota, y me dije–. Para eso, debí aprender alemán (imbécil). Luego viene esa curiosa gula del lector obsesivo: necesito leer de todo lo que habla, necesito ver todas las pinturas que menciona, necesito caminar por todos los lugares donde Oscar camina, escuchar la música que tocan. Veo tambores y pienso en Oscar, veo pescado y pienso en la madre de Oscar, veo cartas y pienso en Matzerath y Jan Bronski (de ojos azules, pobre Jan Bronski), veo las faldas largas de las mujeres y pienso en la abuela Koljaceck, enciendo mi cigarrillo y Jan Bronski, y pobre Matzerath, padre, y el incendiario, el abuelo. Veo blanco y negro, y pienso en Goethe y Rasputín. Hoy no puedo analizar la lectura, no puedo hacerlo porque acabo de cerrar un...

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Tan saltando sobre un profesor (azul rey).

La vidente le dijo que saltaría sobre un profesor azul rey e Iris se echó una tremenda carcajada. Ni siquiera tenía sentido. Te lo juro, dijo la vidente, tan saltando sobre él te veo que pareces una chamaquita con chamaquito nuevo. Ella se mordió los labios, ¿profesor? Si habían pasado tres años que no estudiaba, y no podía recordar a un profesor entre sus conocidos. ¿Y a qué te refieres con azul rey? –preguntó Iris. La vidente se encogió de hombros y, con el tono ya practicado de su oficio, respondió–. Yo sólo miro cosas y las cosas que miro no siempre parecen tener sentido, pero sí… lo tienen. Trescientos pesitos madre, por favor, ¿o te puedo ayudar en otra cosita? Trescientos pesos menos y media hora después, Iris no estaba tan segura que su carcajada valiera lo que pagó. Paseaba sola en la feria del pueblo. Las familias caminaban a su alrededor, preguntaban costos y pedían chicharrones con salsa valentina mientras ella, al diablo con la dieta, se comía a pedacitos pequeños un algodón de azúcar y paseaba lentamente. Un hombre parado sobre una tarima, su piel pintada de azul rey y vestido con un chaleco arabesco, un turbante y unos pantalones bombachos, exclamaba a gritos el acto del “Profesor Trozam” que podía curar cualquier malestar del mundo. Ni creas que te la dejaré así de fácil –pensó...

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De pronto, un alienígena de hule.

El chamaquito extendía sus brazos y hacía como si volara de avioncito a mi alrededor. Crucé mis piernas, descansé el mentón en la palma e hice cara de indiferente, pensando que eso no sólo me ayudaría a ignorarlo, también lo ayudaría a él ignorarme. Por favor, pensé, pretendamos que no existimos. Treinta y cinco vueltas después, el niño alzó sus manitas, su mirada tenía un brillo travieso y exclamó–. ¡De pronto soy un alienígena de hule! –Entrecerré los ojos. El niño me golpeó con su cuerpo una vez, dos veces, tres veces, mientras exclamaba a todo pulmón y entre risas–. ¡Ríndete terrícola, ríndete! ¡Ríndete! –golpe de hule– ¡Ríndete! –Otro golpe más. –De pronto, soy un marino espacial –le dije al niño y le metí una bofetada. Su madre todavía no me lo...

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Grifo perdido.

Tiré el churro cuando lo vi y no lo pisé porque no creí que estuviera ahí. El grifo estaba cavando un agujero con sus patas de león en el jardín de mi vecino. No sabía qué hacer. Estaba sorprendido porque jamás había visto un león, mucho menos un águila, y además combinados en una sola figura tan de cerca. Alcé mi churro, me fumé las tres y pensé que debía seguir mirando, por si alguna vez quería pintarlo o contárselo a alguien. Sus alas plegadas y cafés las mantenía con gracia contra su lomo y su tamaño, era menor que el de un caballo adulto. Que mamón, de pronto soy un experto en grifos. Creí que no se había percatado de mi presencia, cuando alzó su mirada y nuestros ojos se encontraron. Sus ojos de pájaro penetraron mi cuerpo, leyeron mi alma, alzó el pico y trinó haciendo eco en todo el vecindario. Los perros respondieron ladrando al sonido extraño. Escuché ventanas abrirse detrás de mí. Le ofrecí mi churro al grifo, pero este continuó haciendo su agujero. Tres minutos más tarde, llegó la policía, los bomberos y control de animales. Acordonaron la zona y un policía joven me pidió que diera unos pasos atrás, pero no me quité de la primera fila. Los vecinos chismosos miraban al grifo, le tomaban fotografías con sus teléfonos. El más listo se...

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INSPIRO, una aplicación divertida.

Bajé una aplicación llamada INSPIRO para ese dispositivo tan terrorífico (no puedo soltarlo… lo necesito incorporado quirúrgicamente a mi cuerpo) llamado iPad. La aplicación consiste en darte una serie de palabras al azar, para que después desarrolles con ellas lo que quieras. El azar es un buen método para la creación, de todo tipo y aunque no siempre el resultado es favorable, mantiene tu cabeza creando historias. Ya sea para el ocio, para el entretenimiento o para dedicarse a golpear el teclado, esta es una herramienta que puede ser útil. En mi caso, el azar ha funcionado para mantener...

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De Twitter: Hoy es domingo.

Foto original: Lalo Vazquez. El domingo en twitter, se caracteriza por el mismo barullo de todos los domingos: Hoy es domingo. Tal vez porque twitter hizo algo al respecto no se convierte en algo mágico y misterioso llamado Trending Topic. En domingo no se hace nada, más que las pequeñas quejas que ni se escriben bien porque estamos todos crudos, o tirados en un sillón mirando el techo, y la pantalla, y luego el techo. Conforme avanzan las horas, domingo cambia por lunes: “Mañana es lunes, no mamen. Devuelvan mi fin de semana”. Las variantes de una misma frase se hacen presentes, en todos los sabores. Mientras que hace algunos años, cuando no estábamos sumergidos de avances tecnológicos, probablemente eran los domingos familiares de subirse a la carcachita y que te llevaran a la playa. Los domingos de Chapultepec. Los domingos de Cholula. El domingo en la Alameda. Los domingos para desayunar en el bufet. Quién sabe. Lo que estoy seguro, es que Velarde habla mejor de los domingos que cualquiera de nosotros. Domingos de provincia. En los claros domingos de mi pueblo, es costumbre que en la plaza descubran las gentiles cabezas las mozas, y sus ojos reflejan dulcedumbre y la banda en el kiosco toca lánguidas piezas Y al caer sobre el pueblo la noche ensoñadora los amantes se miran con la mejor mirada y la orquesta...

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Sueño.

El hombre no dejaba de soñar. Le gustaban los aviones. Caminaba mirando el cielo. Los sueños lo trajeron abajo. Deja de soñar, decían sus padres, sus abuelos, sus hermanas. Cambia tus sueños, ofrecían algunas marcas. Es que pedía lo imposible: pedía alas. No hay nada de malo con soñar, pero ese hombre soñaba más que muchos otros, más que un ochenta por ciento de la población o tal vez más que un noventa. No le crecieron alas, ni siquiera unos muñones de piel. Tampoco le bastaba con soñar, porque alguien que se la pasa haciéndolo necesita ver sus esfuerzos recompensados. Intentó actuar, intentó imaginar, intentó saltar más que otros. Era soñador, mas no idiota. Llegó al punto de subir a un edificio y pensar en el salto, pero lo dejó en el pensamiento. Soy una gallina, se fue pensando esa noche, una gallina en todo sentido. Sin alas para volar, y sin el valor para dar el salto que, probablemente, le ofrecería una oportunidad de sentirlo. Por que así hay hombres. Hombres que simplemente sueñan y nada pasa, nada hacen, simplemente...

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Los días de la semana en cien palabras.

Jordi Cebrián, en sus cuentos de cien palabras, hizo una serie que se refiere a los días de los semanas. Textos muy recomendables (y su bitácora entera es una gran referencia para la micro ficción, tan popular en estos días). Aquí presento las ligas directas a estos textos, para que no se pierdan. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Lunes. Martes. Miércoles. Curiosamente, los días miércoles son mis preferidos. El día miércoles lo reconocía en publicidad como ese día perfecto donde… lunes y martes, aún no se habían decidido a dar el proyecto, y jueves y viernes, donde las fechas les cayeron encima y aprobaron los presupuestos, así que el trabajo se extendía hasta el sábado, y a veces domingo. El miércoles generalmente regalaba un descanso de mirar la pantalla, picarse los ojos y hurgarse la nariz, durante las horas...

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Respirar el texto.

Ese viaje interno que hice por las raíces del árbol, me presentó un montón de detalles y números. Uno de ellos, es que tengo un amigo escritor con el que llevo más de cinco o seis (tal vez siete) años platicando intermitentemente. Tan pronto me di cuenta de que llevábamos años de conocernos, abrí una ventana en google talk e hice lo que debía hacer: “Chinga tu madre”. Send. Casi siempre lo trataba de usted, porque es uno de esos buenos escritores y a mi me intimidan los buenos escritores. De verdad. Pero bueno, ya era hora de mandarlo a chingar a su madre. De cuates. Sí, me cuesta trabajo reconocer el tiempo. Cuando tenga un hijo pasarán años antes de que lo abrace, le diga que lo amo y tal vez (énfasis) en mi lecho de muerte le meteré el chingadazo final–. Estoy orgulloso de ti. ¿Se han fijado ahora cómo los padres son más amorosos, no sueltan ni una nalgadita y todos los días son un “te amo” bonito y funcional? No digo que todos los padres, pero se ve ahora en las escuelas y los paseos de feria, y esas cosas. La droga del amor o el temor del niño sin amor. Eso es para otro día. Platiqué un poco con el escritor–: Cuando conocí tu blog, recién me despidieron y la abría para leerte. Solo...

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Se nos va la luz.

Los cables se lo están llevando todo. Están encerrando el cielo con una telaraña. “Por una vida sin cables”. No creo. Yo creo que un grupo de ingenieros ya está a muchos kilómetros de altura haciendo una nueva telaraña de cables. Los documentos ya están firmados por un consejo mundial: “Vamos a encerrar –segunda revisión del documento: proteger– nuestro mundo en un cableado de fibra óptica para que jamás se caigan ni el facebook, ni el twitter –quinta revisión del documento: el internet en general– y la comunicación sea más instantánea”. Después viene una reflexión, muy acertada, de que...

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Aquí no es el cielo

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