Categoría: Fragmentos

La historia de Ayer: fragmentos I y II

I Mi hermano decía que una historia empieza a partir de un sueño. Él decía que el sueño es el disfraz de un deseo oculto. Nunca quise concederle la razón, porque soy escéptico hasta de los ingredientes que el señor de la esquina vende como tacos. Además, a mi hermano lo encontraron muerto hace cinco años después de haberse perdido durante dos. Tenía un tatuaje de Jesucristo en el pecho y el tatuaje de un árbol, cubriéndole toda la espalda. Su cuello estaba rajado, pero no había señales de sangre. Lo limpiaron y lo movieron de lugar dijeron los policías; el más viejo de ellos tenía cara de duro, como los había visto en la tele. Mi madre quedó devastada y se encerró en un silencio de mujer sumisa, que nunca fue característico de ella. Me pregunto… ¿mi hermano habrá soñado su muerte y se le cumplió? Una muerte tan bíblica y mitológica. Hay gente que sueña morir así, con símbolos marcando su cuerpo. Si debo ser honesto, no me dolió la muerte de mi hermano. Me dolió más cuando se perdió un día y no lo volvimos a ver. Mi madre rezaba cada noche por él y revisaba ventanas, sin embargo no hablábamos del tema. Era como si ella supiera que él se había ido por voluntad propia y esperaba un regreso como el del Hijo Pródigo. Se...

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El cansado

Cuando pienso en un hombre cansado, se me vienen a la mente dos imágenes. Una es de un gato de cinco patas, no sé por qué exactamente. Debe ser que la quinta es una papada super-desarrollada que ha mutado para imitar a una quinta pata. En serio que no lo sé, es uno de esas quimeras que tiene uno como ser humano o tal vez, es una trampa (¿de qué? Si adivinan, les regalo un dulce). Pero dejando eso de lado, dejen platicarles de la segunda imagen. Era un hombre tan cansado –y no parecía un gato de cinco patas–, que tenía una barriga del tamaño de tres barriles vikingos de vino tinto y se levantaba de la cama, solamente para ir al baño. Nomás porque era una necesidad. A mi –y a un grupo de amigos– me tocó la penosa situación de ayudarlo un par de veces a levantarse y dirigirlo correctamente al baño. Y lo teníamos que esperar afuera, en cuanto escuchábamos ronquidos, teníamos que tocar la puerta para despertarlo porque se quedaba continuamente dormido. Primero nos dijo que tenía narcolepsia, luego, nos dijo que su sistema digestivo estaba realmente mal, después, arguyó que sus problemas eran hormonales. Nadie podía entender a ese hombre, tan cansado. A menudo nos preguntábamos como lo conocimos, como lo hicimos nuestro amigo, ¿era de la infancia o sencillamente había llegado como...

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El gato de cinco patas

La quinta pata la tenía, absurdamente, bajo la quijada y tenía, por lo menos, novecientos años. No era un gato, no uno verdadero, pero parecía uno. Tenía las orejas de gato, la cola de un gato, las manchas de gato, caía parado igual que un gato, pero esa pata… esa quinta pata, abajo de la quijada, tan larga como las otras cuatro y tan igual de vivita que movía los dedos y sacaba las uñas. Unos decían que era un mutante de chernobyl, otros más decían que su madre fue la esfinge. Nadie sospechaba la verdad: era un cienvidis antropomorfus, igual que otros cien, quien había decidido ser un gato de cinco patas y ya llevaba novecientos años con el teatrito. Pues es que la vida de un gato de cinco patas dura cien años y pues siendo cien vidas, con nueve vidas gatunas, hagan ustedes cuentas y me platican un número, seguramente les diré que si o que no. Según a mi conveniencia o a la del cien vidas, que él, hace lo que quiera por más que le chillo que no. Contaba yo la historia del gato de cinco patas, y mi novia me preguntó, con justa razón: “¿Por qué gato? ¿Por qué novecientos añotes? ¡Si se aburre pronto de lo que es!”. Pues a mi también se me hacía raro, pero escuchen la historia, mis buenos...

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El barrendero

Suspiró y siguió barriendo, con el sol escondiéndose tras los edificios. Izquierda y derecha, barrer y mirar la calle, se decía. No podía darse lujos como batman, o como López Portillo. ¿Cómo se atreve a morirse ese cabrón sin pagar? Al menos sufrió, pensó el barrendero de ropaje naranja y escupió en el piso. Continuó barriendo, había mucha calle en los horizontes que se perdía y se perdía. Desde el cielo, le habían dicho, la Ciudad se veía perfectamente bien estructurada. Él sabía que no era cierto, por como se movía en ella… o tal vez era cierto: Era una ciudad perfectamente bien estructurada, por un ogete. Suspiró y continuó barriendo. A su lado, su nuevo compañero (un viejito, muy chaparrito, de facciones alegres y ojos vencidos): Guadalupe Espártaco, empujaba los tambos y las escobas de ramas. Le miraba extrañado, como siempre a decidirse a decir algo pero no lo hacía. Fue ese día, mientras el barrendero barría, que Espártaco le sonrió y finalmente le preguntó–: ¿Cuántas llevas? –Como tres o cuatro calles, chinga… ¿por qué preguntas, si me has venido acompañando? –No me refiero a eso –dijo Espártaco riendo alegremente–, ¿cuántas vidas? –Sólo una y la que me dio el Señor Jesús. –Simón… –respondió alegre Espártaco–. Todavía no estás consciente, porque te quedan muchas por delante. Eres el quinto que veo en mis dosmil y tantos años de...

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El meneador…

Y lo hacía con un bélico furor, que en cualquier momento parecía que se le rompería. ¡Pero no! Es que el señor ya había agarrado callo (li-te-ral-men-te) y conocía, perfectamente, sus límites y sus estiramientos. Al igual que sus ojitos que se le ponían blancos, blancos… y aullaba como un vaquero, montándose en la taza de porcelana o en la tina turca como alguna vez...

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La dama que nació para enamorar a la muerte

–Buenas noches –dijo la figura sombría, de jeans y chamarra negra. Encendió un cigarrillo y los presentes miraron la calcomanía que decía claramente su nombre: MUERTE–. ¿Hay cupo para uno más? Alrededor de quince hombres, de distintas ropas, estaturas, pieles y peinados, le ofrecieron una silla de latón en el viejo auditorio rara vez usado de una escuela secundaria. Habían mirado la calcomanía y algunos se irritaron por la broma, sin embargo, al sentir la proximidad de aquel que se les unía esa noche hasta el más escéptico daba por sentado que no mentía. Era la Muerte quien les acompañaba en su reunión esa noche y estaba tomando de su café, y se sentó a acompañarles y parecía muy dedicado en escuchar la historia de cada uno. No pudieron sentirse cómodos con la Muerte alrededor y confundían los hechos o tartamudeaban, pero continuaban por temor de hacer cualquier cosa que pudiera ofenderle. En el transcurso de la noche empezó a llover. La lluvia se hizo más fuerte y daba señales de no ceder, justo en el momento que la Muerte se puso de pie y se presentó así mismo. –Hola, soy la Muerte –dijo, señaló su calcomanía y sonrió detrás de la oscuridad de su capucha. Algunos respondieron débilmente: “Hola Muerte”. Satisfecho, continuó–: y se preguntarán que hago aquí en una reunión de hombres que necesitan apoyo por el...

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El sexoexperto

¿Él lo había pintado? ¡No, indiscutiblemente él pintaba mejor! Y sobre todo… pintaba turbias pasiones en los cuerpos femeninos, los cuáles conocía a la perfección. Se sabía los siete puntos erógenos-karmáticos y sabía torcer la lengua como el colibrí. Se le cayeron los bigotes y dejaron un rostro varonil, pulcramente afeitado; el cabello se acortó lo suficiente para decir que llevaba un casquillo corto a la vieja usanza y con un poco de copete por ahí; los ojos se le hicieron de un verde intenso y las cejas, espesas; los músculos se marcaron de gotitas de sudor seductoras, en una tez que se tornó bronceada; los labios se le engrosaron y hubo otra parte de su cuerpo que crecío un poquito, digamos que unos… ejem, veinticinco...

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El dios

Ser un indigente enturbiado por un sueño y decepcionado de la maldad del hombre por su amor al dinero, le enseñó el camino de su siguiente vida. Y es que Dios, ¿quién no quiere ser Dios por un día? ¿quién no ha querido quitarle el mando al Santo Padre y mandarlo a descansar, de preferencia, a las Bahamas para que aprenda lo buenito de la vida y así nos tenga a todos viviendo, a su imagen y semejanza? Nah, nah, nah. Nada de que la vida sería menos interesante, no… seamos honestos: todos queremos vivir en un continuo paraíso y dejar de sufrir en esta vida de lágrimas. Quien diga que le gusta sufrir y llorar en sus días, con una sonrisa amplia y enorme, por favor… deje de ser masoquista y leer mails cadenas, hacen daño mortal a la psique. Así fue que Dios, el de a de veras, con todas y sus múltiples personalidades (Padre, Hijo y Espíritu Santo)… preguntó al Arcangel Gabriel—: Hijo, ¿quién viene? Siento una paz interior inmensa, siento la cúspide de la espiritualidad y el ascetismo personificados. —Otro Cienvidis antropomurfus, mi Señor —respondió Gabriel. —Hace muchos años que no viene uno, ¡me voy volando de vacaciones a las Bahamas! Y por favor Gabriel —Dios alzó su ceja celestial y se movieron los vientos (bendito Dios que escuchó estas mortales letras)—, esta vez si...

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La mariposa

Chuang-Tzu alguna vez soñó que era una mariposa. Cuando despertó, no sabía si él era la mariposa soñando ser hombre, o un hombre que soñó ser una mariposa. Alas y viento, sus antenas debían decirle por dónde. Poco recordaba de aquella vida como monje budista, convertido al taoísmo. Sólo sabía ser mariposa y nunca quiso ser nada más. Era una mariposa blanca en medio de flores, en medio de lluvia y viento. Común y corriente, volando entre las sonrisas de los niños y huyendo de aquellos que había escuchado les atrapaban y les coleccionaban. Aún a especímenes tan comunes como ellos. ¿Por qué el hombre quiere atrapar la belleza y clavarle las alas en un papel? ¿Por qué se dedica a arrancarle las patas y las antenas, aún siendo niños? Esos no son cuestionamientos para las mariposas. Siguió planeando, durante días y siguió buscando flores, debía alimentarse. Embellecía jardines sin proponérselo y escapaba de los depredadores, las ratas con alas que llamaban palomas. Ser mariposa era un trabajo de veinticuatro horas, y había gastado mucho tiempo en el capullo, cuando era feo: tan sólo un gusano. (¿Pero es qué alguna vez había sido gusano? Así se preguntó la mariposa, y no recibió respuesta de sus pocas neuronas. Tan sólo la palabra hombre, que le venía a la mente). Conoció a otra mariposa, una hembra, y voló con ella alrededor....

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El monje budista

Como actor principal de una película de madrazos nunca encontró la paz interior, así que se dedicó a la perfección de su espíritu y alzó sus manos candorosas para rogar por la estabilidad del alma. Llegar al estado de perfección, a la imagen y semejanza de Buda, el humano perfecto. Dispuso su cuerpo a una caminata larga, dónde llegaría de nuevo a México y conocería los contrastes de la vida. Repitió en voz baja, durante todo el viaje—: No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Y así, la sabiduría envolvió su mente y sobrevivía con mucha agua (el fluido vital) y poca comida (tentación de la carne). Es que era el asceta perfecto. Siempre quiso ser un monje budista, jamás un consumidor de entretenimiento o un ángel caído a las profundidades del averno. Su mente se abrió al conocimiento y encontró el balance perfecto. A él, vinieron los mantras y encontró en su río metafísico del pensamiento, los sutras que habrían de acompañarle. Durante el viaje a México, se sintió elevado y poco a poco, alcanzaba el estado de iluminación que siempre deseo—: exclamó al verse frente a las cuatro nobles Verdades; lloró cuando encontró los tres kayas y los cuerpos de Buda; entonó la canción de la Visión Profunda; Yidam y el Mangala Sutra, eran el pan de cada día. Dormía y...

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