Categoría: En el mercado de la abuela.

Docena de huevos.

Hace días que deseaba escribir de huevos, pero es que tener un ojo al gato y otro al garabato me alejaron del blog. Uno de los motivos es que he continuado una de las novelas pendientes y si todas las letras quieren irse de ese lado, yo no se los voy a negar. Luego no quiero estar llorando como uno de los payasos de los cuadros, pensando que nunca vendrá la inspiración y hablando de la hoja en blanco como una puta cuando la culpa nomás es de uno. Digo, a la hoja en blanco ya la conozco, y en mi caso nomás es una excusa para mirar la pared y pensar en el infinito, la melancolía, el presupuesto público y, por supuesto, los huevos. Los huevos, sobre todo uno que se rompe en un accidente, siempre me recuerdan y me llevan a repetir la misma historia de mi abuela y sus hijos. Mi abuela mantuvo sola a seis niños y una de los alimentos más baratos y más nutritivos en ese entonces eran, pues, los huevos. Ella mandó a cada uno de los seis chamacos por el kilo de huevos a la tienda, y cada uno de ellos tuvo su oportunidad de tirar -por accidente, por descuido o por juego-, la bolsa una vez. Era un error que después de dejarles las nalgas rojas, no repetían. Mi abuela...

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Aburrimiento de un día soleado.

El aburrimiento también es una historia, son los recuerdos y apuesto que vienen acompañado de días soleados y calurosos. Viene a mi memoria la imagen de unos amantes flojos y desnudos, que se derriten encima de las sábanas y ni siquiera tienen fuerzas para huir del sol, de los rayos de luz que los están evaporando. Se tocan el sexo sin ganas y se besan sin encontrar sabor. Miran los minúsculos pelos que salen de su piel a fuerza de mirar algo, de enfocar la vista en lo que la luz desea mostrarles y es que la luz lo está mostrando todo. En un día aburrido, un recuerdo del tedio, es imposible apagar la luz del sol. Sí, todas mis memorias de los días aburridos son días de sol y de mucho calor. Será que el frío es cruel con el cuerpo y con la mente. El frío no se recuerda porque en el frío nos movemos para evitarlo. En el frío, los amantes flojos se convierten en una maquinaria pesada y perfecta que distribuye sus movimientos para mantenerse lubricada y alegre. En el frío, los amantes flojos se chupan los dedos y se juntan sobre la mesa, encima de la lavadora, en todos los sillones de la casa, cubiertos por una manta o por las ropas, por un aura que les exige calor y sobrevivir al clima azulado...

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Fotografías de unos días.

Nico, la basset hound, me sigue a todas partes. Debe haber alguna razón científica que explique porque ella me acompaña de una habitación a otra. Eventualmente se cansa y se mueve a otra habitación. Después de unos minutos me angustio. Los libros, las páginas, la información que me dieron es que estos perros, cuando están solos, están maquinando toda clase de planes para hacer un desastre. Estos perros jamás olvidan las travesuras que planean. Estos perros pretenden que son idiotas para engañarte. No puedo más con la duda y me asomo a la habitación, la descubro mordiendo uno de sus juguetes o tirada de panza para que la caliente el sol. Suspiro, no solamente de alivio, también porque interrumpí algo. La dejo a solas, reprendiéndome por mi momento de padre psicótico, y ella, por supuesto, se levanta a seguirme. Este es uno de tantos ciclos que se repiten durante el día. Estos últimos diez días iniciaron con un café y una queja en mi garganta. Mi garganta quiere arrancarme la piel y salir, en protesta, sin importar que me deje sangrado y moribundo, a comprar unos cigarrillos. He pensado en comprar uno o dos cigarrillos sueltos para el día, pero ya conozco el proceso: compro un par de seh-ga-rreee-tos y el día de mañana estaré comprando la cajetilla. Esta es la segunda etapa del ex-fumador: los primeros treinta días,...

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