Categoría: Regálame un cigarrillo.

El purgatorio tan temido.

El tiempo en el Distrito Federal es otro. En Cholula, quién sabe que es el tiempo. Ya es una práctica regular asomarme por la ventana, y ver a poca gente caminando, pocos coches pasando. Si salgo a caminar un poco más allá, me encontraré algunos estudiantes trabajando en sus laptops, tomando un café, riendo con algunos chistes, platicando lo que parecen naderías. Caminar un poco más significa encontrar a los cholultecas andando las calles en sus bicicletas y otros esperan sentados en la plaza del centro algo desconocido. Su tranquilidad todavía es un misterio. Tal vez no esperan nada. Si me acerco a Puebla, entonces veo módulos de gente más reunida entre sí, pero no tienen prisa, sus hombros no chocan contra otros hombros, no se empujan las bolsas, no rebasan a quien camina más lento. A veces hay tráfico, pero el tráfico es algo relativo a cada ciudad. Seis coches esperando un siga ya es tráfico. Yo, como animal que se adapta, he llegado a pensar que lo es y he olvidado, suavemente, esas horas que se me iban en un microbús en Constituyentes, a las tres de la tarde y esa hora debidamente calculada para llegar a una filmación a las seis de la tarde, porque ese es el tráfico de Constituyentes, y de Eje Central, del Eje Cinco Sur, de Viaducto. El animal chilango se acostumbra,...

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Levanta tu colilla, güero.

¿De dónde salieron tantos cigarrillos? Los miro y no puedo pensar más que en un hombre, recogiendo las colillas y llevándolas a ese lugar. Un hombre obsesivo, tal vez. Empezó con su propia colilla y luego se dijo–. Qué feo, tirar las colillas en la calle, aplastarlas, dejarlas ahí –Luego miró otra colilla y una colilla más. Las colas de los perros. Las colas de las mujeres. Las colas de un papalote. –Hoy es domingo, no tengo otra cosa qué hacer –se dijo, para darse un empujón y empezar la recolección. Sus piernas pequeñas se movieron rápidamente por toda...

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Un momento de observación.

Salí a tomar un café. Una pareja estaba frente a mí. Leía, luego le miraba las botas, luego leía otra vez. Mi cabello húmedo goteaba por la lluvia que me agarró a medio camino. Prendí un cigarrillo, mi garganta se quejó, además de la lluvia y la gripe, perdí algo en el camino. Oscar habla de María, y la disposición que tiene para comprar tambores de hojalata. Oscar habla de los errores que cometió, pero no se siente culpable. La chica de enfrente exclama–. No pude decirle nada, porque era su depa –El chico, visiblemente interesado en ella, le sonríe, pero no se atreve a tomarle la mano. Lo está usando, pensé. La clásica historia del amigo que desea, y no hace nada. Es el tiempo el que se encarga de convertir el capricho en infatuación y tal vez, amor. Pensé en mi perro y sus lágrimas artificiales. –Probablemente las necesite para toda la vida –nos dijo la veterinaria. Lágrimas de cocodrilo encapsuladas. Perdí, pensé, perdí una oportunidad más. Tienes que perder muchas veces, luego pensé, a manera de consuelo. El consuelo de los pendejos, diría mi abuela. Oscar tiene nuevos tambores gracias a María. Mi mujer llegó en su auto. Cerré mi lectura y apagué mi...

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La muerte de la mamá de Oscar.

Hoy pasé por ese episodio del “Tambor de Hojalata”. ¿Ahora quién tendrá bajo sus faldas al pequeño Oscar? Ese capítulo siempre me rompe la voz y los ojos. La primera vez que lo leí, fue durante un viaje de camión donde me solté a sollozar como un niño. Era de noche, la gente estaba dormida, mi mujer dormía a un lado y yo no podía soportar la muerte de la madre de Oscar, pero no dejaba de leer, no podía soltarlo. Hoy copié una versión digital del libro para traerlo conmigo y terminar su lectura. Sé que tengo dos copias impresas, pero el dispositivo me permite las distracciones como el twitter, los mails, entre otras cosas. Recuerdo aún el olor a pescado, los amantes que no sabían que hacer, cuando Oscar rompe los vidrios de la iglesia usando su tambor. La segunda vez que leí ese capítulo, fue en un café de la Roma, unos años después y lo hice en voz alta para que Sol me escuchara. Desde el inicio del capítulo, ya sentía como las palabras tenían miedo de salir de mi garganta y lo hice, lo terminé, porque deseaba que lo leyera conmigo, que lo conociera. La tercera vez lo leí a solas, en el aniversario de la muerte de mi abuela (18 de Septiembre), como un homenaje silencioso y personal. Han habido otras veces, menos...

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El perro.

Anoche salí a fumar un cigarrillo y caminar un poco. Después de unas pocas cuadras me encontré a un perro. Me miró a los ojos, yo le dije–. Tranquilo monín, ¿a quién le ladras? –Porque estaba ladrando. El perro, para mi sorpresa, no me respondió. Caminó detrás de mi. Esa mañana, cuando salí a caminar, me encontré un perro aplastado en la recta de Cholula. Miré su sangre desparramada en el piso y su cabeza aplastada. Una señora limpiaba la acera, ignorando al perro y seguí su ejemplo. No había nada ya qué hacer por él. Los perros, el animal doméstico por excelencia, la inmediata asociación humana para hablar de follar, de perseguir, de ladrar, de mover la cola. El perro de la noche continuó siguiendo mis pasos. Me gustaba. Blanco con café, orejas grandes, mirada triste. Tan pronto llegamos a la recta, pensé: “Te quiero llevar conmigo. No me gustaría verte con la cabeza aplastada y tu sangre desparramada en el pavimento”. El pensamiento dio pie a las posibilidades: “Puedo llevarlo a casa y dejarlo en la azotehuela, hasta que lo llevemos a un veterinario para que lo revise”. El perro simplemente avanzaba unos pasos, o se quedaba atrás para oler, pero eventualmente llegaba a mi lado. Encendí otro cigarro y me senté en una de las bancas del parque. El perro decidió dar vueltas por el parque....

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Eterno y efímero.

El hombre sigue con la vista el péndulo que hace la mujer con sus piernas, ella distraída come un helado y él prende un cigarro. El humo penetra en el movimiento que hacen las piernas de la muchacha. El humo penetra. Poco esconde su vestido suelto. Está sentado en una banca, quizás esperando, porque otra cosa no sabe hacer. La mujer cruza las rodillas y las mueve, coquetamente, en un vaivén descuidado y eterno. El cigarrillo está roto, igual que el hombre. El helado se derrite, gotas caen sobre los dedos de la mujer. A ella no le importa ser una muchacha. El hombre piensa que es una mujer. Acerca su lengua y se lame el residuo. Él puede mirarla porque el sombrero hace sombra, el sol no lo ciega por completo. –El cigarro con el calor no me sabe –miente el hombre. Los dos están rotos y él sabe que por eso no sabe a nada. La muchacha se termina el helado y con su mano liberada, parte el cono de galleta en pedacitos. Se los mete a la boca. El hombre, otra vez, piensa en lo caliente que está la banca de metal. Me voy a consumir –piensa–. Ya debería irme. El cono de galleta se consume en las manos y la boca de la mujer. Los ojos viejos del hombre tornean los muslos de la muchacha....

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Las cajetillas.

Ahora tengo mis cajetillas en un corcho, en lo que llamo mi oficina. Cuando alzo la vista, miro las referencias a la cultura popular y la cultura popular en sí misma que se convirtió en mi marca de cigarrillos. Camel, el explorador, Sagitario, el viajante. Colores café y beige, nociones de desierto y viejo explorador. Me recuerdan a mi viejo personal: Simón. El camello como un personaje que se transforma y muta. El camello como un símbolo que puede entrar suavemente en cualquier corriente. Cuando Perrito muera, y Bob se seque de nuevo, me conseguiré un camello. ¿Habrá camellos de tamaño bonsai? Me da roña llamarle camel-pony. Demasiado joto. Adornaré las habitaciones con chelabas café y las pintaré de ocre. Usaré un martillo para tirar la pared y siempre entre el sol. Aprenderé a escuchar la música árabe, compraré más cactos y buscaré una sonrisa bermellón, como la chica del poema. El camello rumiará en el jardín y su baba caerá sobre mis pies. Ya para entonces, será demasiado tarde. ¿Cigarrito,...

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Tengo un diario.

Hoy es domingo. Además, es una hora más tarde. ¿Disfrutaron sus vacaciones? ¿Se relajaron? ¿Ya el estrés desapareció para ustedes? ¿Además, desearían que sus vacaciones jamás hubieran terminado? Hoy es domingo. Mañana es el pronto regreso al ritmo habitual. Millones de personas, tras sus puestos de trabajo, murmurarán silenciosamente cuanto lo odian. Mi trabajo es tener un diario. Registrar cada uno de estos murmullos y hacer un cuento con cada uno. Es una tarea muy estúpida, porque los millones de cuentos tienen los mismos títulos: “Odio los lunes”, “Ojalá siguieran las vacaciones”, “Ya no quiero trabajar”, “Desprecio mi oficina”. Escribir cuentos con los mismos títulos lleva a un reto y la propuesta es dirigirlos a distintos caminos. Millones de caminos. No puedo terminarlo. Abrí un diario y sigo escribiendo. Creo que voy a morir antes de terminar uno siquiera. Tendré que disminuir los tiempos en que voy por cigarrillos y coca cola. Tal vez tenga que dejarlos. Tal vez ya no pueda comer. Tal vez ya no salga de aquí. Tal vez mis pies se entierren en el piso y todas las formas de pelo me crecerán, y me atarán a la silla. Tendré una gran joroba. Jamás volveré a bailar. Jamás, me interesará si “hoy es domingo”. Uno cae en cuenta. ¿Qué caso tiene quejarse y escribir los millones de cuentos de esos malos pensamientos? Tan pronto hice...

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Aquí no es el cielo

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