Categoría: Estoy buscando algo.

Vivir de noche.

Como aquí no existe el tiempo, mi cuerpo reacciona más normal que lo acostumbrado. Normal: dígase a vivir de noche, leer de noche, escribir de noche, mirar fotografías y películas de noche, escuchar a los vecinos que viven de noche como yo (que son pocos, uno, dos, en quién sabe qué casa) y comer de noche. En las tardes trabajo y desayuno. No es saludable, no se lo recomendaría a nadie. Me estoy pasando la comida más importante para el ser humano. Como frutas, exagero en las verduras que sí me gustan, tomo algo de jugo, como bien, porque como alguna vez dije… prefiero comer bien antes que coger. Es una de mis reglas secretas para la vida. Prioridad a la comida, luego te ocupas de las piruetas coquetas. Lo entenderán si alguna vez tienen hambre. La coca cola y los cigarrillos me mantienen despierto. Vivir de noche es mi niñez otra vez, mirando los infomerciales y las telenovelas a un lado de mi madre, o bien, la compañía de una abuela silenciosa que me observaba mientras escribía, trataba de ver porno o buscaba un servidor decente para jugar Warcraft II. Nunca entenderé por qué lo hacía. No tuvimos ninguna conversación real en esas noches. Algunas ocasiones, le contaba cosas, le contaba mi vida, le contaba lo que había leído y ella respondía con la brevedad acostumbrada. No cambiaba...

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Los pequeños lujos.

Los pequeños lujos, ¿son aquellos que compramos con un par de monedas? Una coca cola cuando hace calor, por ejemplo. Una cajetilla de cigarros con alguna portada nueva, o distinta, a las acostumbradas. Fumar antes, después, y durante todas las esperas del mundo. Tener un reloj, un celular, una cámara digital, y cuánto aparato se te ocurra. Una libretita para escribir los pensamientos. Una pulsera de tela, una playera nueva, unos tenis deslavados -tan rotos, que ya no sabes cuando los compraste y sólo los conservas porque son TUS tenis-. Una amiguita o un amiguito, para coger en tiempos de sequía. Hacer naderías en tu tiempo libre, como una chaquetita, o leer una revista. También el pequeño lujo de caminar cuando tienes coche, (ahora sí, me voy caminando a la tiendita por todos mis otros pequeños lujos). Tirarse en el pasto a dormir, para que luego te despierte algún bicho que te mordió los tobillos. Que el perro se te suba al regazo mientras escribes y deseas, silenciosamente, que sea una mujer. Un libro nuevo, que empezarás y olvidarás cuando compres el siguiente. Los libros olvidables. Tener diez dedos en las dos manos, tener otros diez en los pies. Tijeritas para el pelo en la nariz y pasarse un rato en el espejo, buscando las nuevas arrugas. No hacer nada el día de tu cumpleaños, ¿es otro pequeño lujo?...

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Libreros (10).

El viaje termina en el numero once. Mañana se cierra esta anécdota de los libreros y podré continuar con mis textos breves, o con alguna de las historias que tengo pendientes. Sé que me tardé, pero estuve viajando y trabajando. El trabajo, ya me ha pasado, me quita todos los poderes para seguir escribiendo con constancia y regularidad (esa que más quisiera todos los días). Viajar es una ruptura completa de la rutina, al dormir en otra cama, reposar la cabeza en otra almohada, sentarse a tomar café en otra mesa, caminar en otras calles. Sin embargo, este tiempo que me tomé para recorrer las páginas, las portadas, releer ciertos párrafos o líneas subrayadas (que no son muchas, pero ahí están) o leer las anotaciones que hago en la primera página, o al calce (que tampoco son muchas) o simplemente encontrar líneas al azar, provocaron algo. Algo… esa palabra ambigua que no dice nada, pero sabemos que está ahí. La definición de “algo” es un mundo subjetivo. Cada quien sabe que es su “algo”, su “alguien”, pero le es imposible explicárselo a los demás con certeza. ¿No se supone que para eso tenemos las palabras? Sí. Para eso son los libros que me acompañaron hasta aquí, y muchos otros más que tengo en digital. ¿Y tus libros, cuáles son? Este librero guarda: “Cuentos completos” (Onetti), “Bola de sebo y...

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Chilangoland II.

Llegue a Chilangoland dormido, con los Beatles en la cabeza. Los escucho más últimamente por el pasado. Asocio a los Beatles con mi infancia (¿quién no?) y con mi vida en la ciudad de México. Desde las pequeñas escapadas cuando me cuidaba mi abuela, hasta los primeros signos de independencia cuando salía con mis amigos. Largas caminatas descubriendo calles o buscando algún lugar, perdiéndome… de verdad perdiéndome, porque no existe alguien más distraído que yo a la hora de dar los pasos. Sé que en algún momento era a propósito y después se volvió costumbre. “Voy a caminar y no me importa a dónde”, fue la primera instrucción consciente de mi cerebro, a quien sabe que edad, y de tanto memorizármela mi cuerpo ya la asimiló. Precisamente, desperté con “Hello Goodbye”. Es buena canción. Tu dices hola, y te dicen adiós. Te dicen detente, y tu respondes: Va, va, va. “Hello Goodbye” puede ser un viaje breve a la Ciudad de México. En mi viaje anterior llegué con planes. En este hice lo mismo, pero pocos se cumplieron. Que los planes se rompan también es bueno, porque te permite ver las alternativas y te anima a descubrir. Haz lo que debes. O lo que debiste. Salí con mi hermano, pasé más tiempo con viejos amigos, platiqué más tiempo con mi familia y trabajamos juntos. Es cierto que ahora vivo...

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Libreros (6).

Este librero tambien contiene varias de las ediciones Porrúa y según me doy cuenta, una segunda edición de los “Los indios de México” (Fernando Benítez). También en él, tengo algunos libros pequeños que rescaté, que tratan de la artesanía mexicana. Cuando en casa, vendíamos joyería y artesanías, nos fueron bastante útiles para aprender algunas cosas. Este librero es el “Tomo 2” definitivo, porque muchas veces sólo he logrado salvar los segundos tomos de una colección más grande. Cosa curiosa. Así, por ejemplo, se ve el segundo tomo de “Las mil y una noches”. También el segundo tomo de “Historia general de México” (y este libro lo usé mucho, en algún momento de mi vida, cuando sentía una gran pasión por la historia de México). Los libros aquí, son: “El Ramayana”, “El arte de amar” (E. Fromm), “Las mil y una noches – Tomo II”, “Harry Potter y la cámara secreta” (J.K. Rowling), “La perestroika” (Rius), “Historia general de México”, “Las once comedias” (Aristófanes), “Cien años de lucha de clases (1876 – 1976)”, “Antología de la literatura mexicana” (Ma. Luisa H. Ibar), “El Decamerón” (Bocaccio), “Historia del mundo contemporáneo” (libro escolar), “La Iliada” (Homero), “Las siete tragedias” (Esquilo), “Las siete tragedias” (Sofocles), “Los indios de México” (Fernando Benítez), “La interpretación de los sueños (2)” (Freud), “Cuentos mexicanos” (antología), “En el país de los mayas” (Pierre Ivanoff), “Norse Myths” (Kevin Corsley...

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Libreros (3).

Así como la segunda sección del librero tiene muchas que decir, hay secciones que dicen casi nada. Secciones terceras o cuartas, que no están a la vista. Sólo los humanos valientes, con ganas de tronar las rodillas, pueden descubrir las joyas que ocultan esas secciones. Los “libros arrastrados” aquí, son: “La vida en rosa, el príncipe azul” (Jessica Kreimerman), “El desafío de la paz” (Kurt Waldheim), “El descenso de Xanadú” (Harold Robbins), “La prisión blanca” (Alfred Lansing), “El embajador” (Morris West), “Historia de las doctrinas filosóficas” (Raúl Gutiérrez Sáenz). Ninguno de esos está en leído. Algunos fueron empezados, pero prontamente reemplazados por otros caprichos. (Por ejemplo, el de Lansing, que narra una de las expediciones más emocionantes). Los clásicos: “El arte de amar” (Erich Fromm), “Las diecinueve tragedias” (Eurípides), “Don Juan” (Byron), “La isla del tesoro” (Stevenson), “Un mundo feliz” (Huxley), “Crimen y castigo” (Dostoivesky), “Madame Bovary” (Flaubert), “El perfume” (Patrick Süskind). Dos libros de teoría literaria que me prometí leer alguna vez. El de Umberto Eco y una colección de ensayos acerca de la cultura del relato. También están en mi lista de pendientes. (Insisto, ¿qué libro no está en una lista de pendientes? Ah, “El Peregrino”, de Coehlo). Está el segundo libro de la Saga de los Cole, de Noah Gordon, “El Chamán”. Una de las pocas sagas de ficción histórica que seguí con interés. Muchos recordarán...

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Libreros (2).

Si el librero de un hombre definiera al hombre en sí –o al menos, te diera una buena idea–, tal vez uno de las secciones más problemáticas sería este. Debería empezar diciendo qué libros vengo arrastrando conmigo, algunos ya leídos y otros no: “Cajón de Cuentos” (Saki), “La Revolución Francesa” (Albert Soboul), “Sherlock Holmes sigue en pie” (Conan Doyle) –cuyo lomos y portada están casi hechos polvo–, “Introducción a la lógica” (Morris R. Cohen), “The Art Of Readable Writing” (Flesch), “Aproximación al Quijote” (Martín de Riquer), “Introducción a la Sociología” (Sprott), “El Circo del Dr. Lao” (Charles G. Finney), “Hipnotismo a distancia” (Paul C. Jagot), “Mitos, Cuentos y Leyendas Regionales” (Homero Adame), “A la sombra de la Revolución Mexicana” (Lorenzo Meyer, Hector Aguilar Camín), “Enciclopedia de mitos” (Nadia Julien). Debo confesar que de estos, sólo he leído los cuentos de Saki, el de Sherlock Holmes y de vez en cuando tomo la Enciclopedia de Mitos y leo un par, o aclaro ciertas dudas de algún mito. Los otros me los llevé con la esperanza de leerlos y aprender algo nuevo, re-aprender algo viejo o confirmar sospechas. Nunca se sabe cuando se necesitará aprender algo de Sociología, o ¿qué tal que la novela del circo del Dr. Lao es un mundo fascinante e inexplorado? Probablemente algunos de estos libros ya son viejos, sus teorías ya están refutadas y necesitaría actualizarme...

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Chilangoland.

Estuve una semana en la Ciudad de México y esta vez me sentí distinto. Me sentí, por primera vez, un visitante. Todos los días tomé camión, metro y metrobús. Evité los taxis lo mejor que pude. Procuré no utilizar audífonos para escuchar a la gente, husmear sus conversaciones y apropiarme de sus diálogos. Un buen oído es importante. Usé las piernas para caminar y regresarme un poco de la ciudad que fue mía. Haciéndolo así, descubrí que “me faltó tiempo”. Esa frase que solemos usar cuando estamos de turistas en un lugar que nos agrada. Conocí gente, compartí con los amigos y me faltaron tantos rostros, tantos nombres, tantas conversaciones. Ahora sí, como siempre. Una de sus noches, caminé mirando atrás, buscando asesinos y asaltantes. Temí cuando me subí a uno de sus taxis, y el taxista volteaba a mirarme constantemente. El miedo es un fragmento de la ciudad y uno de mis últimos recuerdos en ella. Fumé con mis ex-compañeros de trabajo, me reí con ellos y hablamos como cuervos a escondidas de un escritor. Extrañé esa etapa de mi vida, mi segunda familia. Tomé una malteada con Ariadna y hablamos de aquella otra etapa, los estudiantes de literatura inglesas y sus necedades. Así supe lo que había sucedido con nombres que solamente son una etiqueta de Facebook para mi. Me tomé un café con Salma, Arianna y...

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Dos días.

Se me desaparecieron dos días. No sé donde los dejé. He venido a mi blog para revisarlo, porque para eso es un blog (básicamente). La maldita auto-referencia. En mi blog hay dos días sin registrar y mi memoria hizo de las suyas. Si fuera una persona –de verdad– optimista, tomaría un par de hojas en blanco y las titularía “Día Perdido 1” y “Día Perdido 2”. Entonces escribiría en las hojas un par de eventos con muchos puntos y muchas comas. Nada del otro mundo, porque cuando se te han perdido dos días, al menos las comidas y las bañadas y las puñetas y los sexos deberían estar plasmados. Si fuera –aún más– optimista, escribiría como me gané la lotería, como viajé a la luna y recorrí los anillos de Plutón en patín del diablo, tendría un harem de veinte mil vírgenes y utilizaría la cabeza de Medusa para matar al Kraken. ¿Cuántos cigarros no me fumé en dos días? ¿Y si no fueron solamente dos días? Pero mi blog no miente, al menos, yo que lo escribo debería entender todo lo que he dicho entre líneas. Los mensajes secretos que están plasmados utilizando un algoritmo complejo que aprendí leyendo no sé que libro estúpido. Sin embargo nada de eso está pasando. Las dos hojas están en blanco, sobre la mesa que tiene sus muchas historias y sigo mirándolas...

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A veces, debes admitir que no tienes más que decir.

Temo el día que se me acaben las palabras. En que, de verdad, haya gastado todo ese vertiente de letras y me quede como un garrafón vacío. No importa si son buenas o malas letras, lo que importa es que me utilizaron para manifestarse. Si estas palabras fueran agua, algo deben estar alimentando. ¿Qué será? ¿Qué tal si eso soy? Soy un garrafón en un set de grabación (ni siquiera de filmación), y los actores, y los trabajadores, y los productores, y los extras, se terminan el agua y después la despojan. Soy agua, soy riñones y soy orina. Bonito destino del manifiesto. ¿Qué tal si soy una lluvia pequeña? De esas pequeñas, que sólo joden a la gente que esperaba un día soleado y cuando salen a la calle: el efecto hormiga. Lluvia pequeña, de gotitas, que cuando menos lo esperan ya se acumularon en sus pieles y sus ropas. Llegarán a casa empapados, me retirarán con una toalla, beberán un café caliente y desearán, que como en los comerciales, tuvieran una chimenea para completar el cuadro. ¿Quieres pedir más? Ser el agua de tu cuerpo, el sudor que sale por tus poros, jugos entre tus piernas, lágrimas del lacrimal, saliva de tu sueño. ¿Quién sabe? Tal vez no lo he dicho todo. Las otras palabras, las tengo escondidas en una puerta, a un lado de mi garganta...

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Aquí no es el cielo

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