Categoría: Del deber ser.

De la carretera y sus caminos misteriosos.

La Navidad en casa de los Salazar es para el estómago. Ya conozco el ritual donde mi familia platica y preguntan los antojos. A los días siguientes se hacen las compras. No falta la ensalada de la abuela, la pierna, los pasteles y los helados. Comer, dormir y ver películas o series a través de la red inalámbrica. Eso, al parecer, es un cielo personal. El cielo de un hombre moderno, escondido en su pedazo de ciudad. Totalmente contrario a las costumbres familiares de mi mujer, que involucran los paseos a las tiendas, curiosear los aparadores, atravesar los ríos de gente, las búsquedas de luces, las visitas a todas las familias para comer el famoso recalentado, el cine de fin de semana porque luego no hay otra cosa qué hacer. Tal vez se debe a que mi familia es pequeña y viven en un lugar pequeño. Este año, disfruté mejor esa costumbre pasiva de mi familia. Debe ser la edad y mi estómago, infinitamente más grande. Ya no tengo el mismo hervor para quejarme del frenesí capitalista y que diciembre es la época donde los diablos nos piden más dinero y una línea de crédito más grande. Me auto regalé una cámara de bolsillo. Jugué junto con mi hermano pedazos de historia en 16 y 32 bits (Ninja Gaiden Trilogy y Castlevania Rondo of Blood). Vi a mi esposa...

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Diciembre es enfermedad.

Que nadie me diga lo contrario. Los chamacos caminan con las narices rojas y los adultos tosen como si estuvieran a punto de morir. Las bufandas, los gorros, los guantes y las vitaminas mágicas para protegerse. Mi mujer está en cama, con una fiebre de treinta y ocho grados y como yo soy muy paternal, por supuesto, estoy en la otra habitación fumando y escribiendo esto. No se crean, más tarde iré a su lado y seguiré analizando esa fiebre, con todo mi conocimiento médico y santero, para arrancársela de la piel. Ojalá fuera de esas otras fiebres, ustedes me entienden, de la buena fiebre, que se puede curar, ustedes me entienden, sin medicinas y usando puro cuerpo. A lo que te truje chencha. Yo también estuve enfermo. Todavía lo estoy, todavía toso pero desde hace años sigo fumando aún con la gripa porque… un cigarrito no hace nada, dos cigarritos menos, nada pasa. Toso igual que si estuviera sano. Tengo uno de esos propósitos de año nuevo, ilusos, de abandonar el cigarrillo con la llegada del nuevo año. Son los treinta y siete pesos, me digo. Está a punto de terminar el año. Este año escribí más de doscientas entradas. Es bueno. Hay años donde sólo fueron 170 ó 160, ni siquiera la mitad del año. Esta vez escribí más, aún cuando refugié en la brevedad. En otra...

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El purgatorio tan temido.

El tiempo en el Distrito Federal es otro. En Cholula, quién sabe que es el tiempo. Ya es una práctica regular asomarme por la ventana, y ver a poca gente caminando, pocos coches pasando. Si salgo a caminar un poco más allá, me encontraré algunos estudiantes trabajando en sus laptops, tomando un café, riendo con algunos chistes, platicando lo que parecen naderías. Caminar un poco más significa encontrar a los cholultecas andando las calles en sus bicicletas y otros esperan sentados en la plaza del centro algo desconocido. Su tranquilidad todavía es un misterio. Tal vez no esperan nada. Si me acerco a Puebla, entonces veo módulos de gente más reunida entre sí, pero no tienen prisa, sus hombros no chocan contra otros hombros, no se empujan las bolsas, no rebasan a quien camina más lento. A veces hay tráfico, pero el tráfico es algo relativo a cada ciudad. Seis coches esperando un siga ya es tráfico. Yo, como animal que se adapta, he llegado a pensar que lo es y he olvidado, suavemente, esas horas que se me iban en un microbús en Constituyentes, a las tres de la tarde y esa hora debidamente calculada para llegar a una filmación a las seis de la tarde, porque ese es el tráfico de Constituyentes, y de Eje Central, del Eje Cinco Sur, de Viaducto. El animal chilango se acostumbra,...

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La ansiedad de los acentos.

Ya sé que es noticia vieja. Perdón… ¿“sé” ya tampoco se acentúa? Sólo si… lo he vuelto a hacer. Éstas nuevas… mierda. Estas nuevas reglas ortográficas me traen un poco ansioso. Nah, debo ser honesto y este, esta, estos, esos, ya no los acentuaba, aunque tenía una profesora española que me los marcaba en rojo y me decía–. Conmigo si los acentúas (coño). En twitter recuerdo que escribí: “boi a escrivir como me nasca”, en un fútil intento de rebeldía. Pero vamos, la rebeldía de hoy no sirve de nada. En este momento algunos chamaquitos, aquellos que sí les interesen sus clases de español, acumularán un arsenal de nuevas reglas para trollear. Es bien sabido que una de las reglas del troll es… “Habla de su ortografía y de su gramática”, para joder al oponente. Ya de por sí, escribir “trollear” representa un punto débil. He pensado en los textos que debo corregir y se acumulan en mi cabeza. Uno de ellos tenía una frase bien chipocluda, que decía: “Sólo, solo yo”. ¿Así cómo? ¿Ya no se puede jugar con los acentos como antes? Años de aprendizaje, de vigilar palabras, de confirmar los acentos, se me están escurriendo por los oídos como un espagueti ortográfico. Ya nada...

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Todos deseamos ser un zombie.

Cada vez son más los textos, las series de televisión, los cómics, los flashmobs que se refieren a los zombies. ¿Por qué? Supongo que todos deseamos ser un zombie. Me imagino a los extras que aparecen en las películas de zombies, con el maquillaje puesto y las ropas hechas jirones de tela, manchadas de sangre artificial. Luego se miran al espejo y se apaga todo: El dinero, el sexo, los secretos, el pensamiento, los textos, los recuerdos, el origen, las preguntas del final, la compulsión del consumista, la ansiedad del proveedor, la interpretación de señales, el amor, las enfermedades, los vicios, el post-modernismo, el conocimiento, la idiotez, las palabras y los etcéteras. Se apaga todo, dice un director a través de su megáfono a cientos de extras, ya sólo necesitas moverte como un animal errático porque tienes hambre. Sólo queda el hambre, repiten casi en silencio. No hables, sólo gime, jadea y gruñe. Se apagó todo. Tal vez, y sería curioso, es el punto evolutivo más alto de un ser humano. Superando sus necesidades, el contar el tiempo, todo lo que ya aprendió, su cuerpo se desprende de la memoria y finalmente, adquiere el poder de apagarlo...

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El regreso.

Un mes de trabajo entero me costó rescatar el árbol. Tenía programado tardarme unos tres meses, sin embargo, una herramienta me facilitó el trabajo y además, tengo un backup disponible de manera inmediata. MacJournal, por si les interesa. También tiene versión de Windows. No sólo fue la herramienta, también mi necedad y numerosas noches de desvelo. ¿Por qué? Sólo es un blog. Ah, será que es un blog de ocho años de antigüedad. Ya tiene la edad de un niño menos caótico y, con suerte y unos buenos chingadazos, bien portado. Yo tengo la culpa del cambio por andar...

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