Categoría: Asceta

De la carretera y sus caminos misteriosos.

La Navidad en casa de los Salazar es para el estómago. Ya conozco el ritual donde mi familia platica y preguntan los antojos. A los días siguientes se hacen las compras. No falta la ensalada de la abuela, la pierna, los pasteles y los helados. Comer, dormir y ver películas o series a través de la red inalámbrica. Eso, al parecer, es un cielo personal. El cielo de un hombre moderno, escondido en su pedazo de ciudad. Totalmente contrario a las costumbres familiares de mi mujer, que involucran los paseos a las tiendas, curiosear los aparadores, atravesar los ríos de gente, las búsquedas de luces, las visitas a todas las familias para comer el famoso recalentado, el cine de fin de semana porque luego no hay otra cosa qué hacer. Tal vez se debe a que mi familia es pequeña y viven en un lugar pequeño. Este año, disfruté mejor esa costumbre pasiva de mi familia. Debe ser la edad y mi estómago, infinitamente más grande. Ya no tengo el mismo hervor para quejarme del frenesí capitalista y que diciembre es la época donde los diablos nos piden más dinero y una línea de crédito más grande. Me auto regalé una cámara de bolsillo. Jugué junto con mi hermano pedazos de historia en 16 y 32 bits (Ninja Gaiden Trilogy y Castlevania Rondo of Blood). Vi a mi esposa...

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De Twitter: El milagro de la resurrección.

Foto original: Jorge Sesé. Hay en twitter un proceso muy extraño que todavía no entiendo. Pasa, a veces, que encuentras a un tuitero que te agrada, lo sigues, pones las estrellitas, lo lees, te hace reír, posiblemente lo quieres meter en tu cajuela del coche, secuestrarlo, llevarlo a un motel, eso. Haces tu chamba y estás al pendiente. Luego, algo sucede en su vida. Algo inexplicable. De un día a otro, cierra su cuenta. Borra su vida. Finito. Me pasa, al menos, yo que me ocupo en leer más que escribir… que de repente, me encuentro extrañando a esa persona que estaba en mi lista. Entonces entro a su página de usuario y descubro que simplemente desapareció. No más letras con el sabor que le caracteriza. Se murió. Me rasco la cabeza, parpadeo un par de veces y me pregunto, porque es la primera pregunta en este mundo iluso, si yo habré hecho algo mal. Si yo habré disparado una de tantas balas que lo empujó al suicidio. (Claro, generalmente estos suicidios vienen acompañadas de una historia jugosa. Un pedazo de tu cerebro, el cual es gobernado por el morbo, se dedica a buscar como responder la pregunta: Por qué lo hizo). Después de todo, si twitter me aburre simplemente lo abandono, así como abandono todas las cosas que me aburren. Creo que al final, el abandono es más...

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Tumbas rotas.

Encontramos una serie de tumbas rotas, olvidadas, incrustadas en las paredes laterales de una iglesia. Caminamos sobre ellas y tomamos fotografías, de nombres olvidados. Nombres con más de cien años de edad. Algunas todavía conservaban los grabados, otras tantas fueron asimiladas en las paredes o decidieron hacerse escombros. Adiós a todos los muertos, a los nombres viejos, a los homenajes de una vida a través de su cuerpo inerte. ¿Alguien visitará estas tumbas para rendir homenaje en pos de la sangre? ¿Alguien hablará con ellas para dar una lista de hijos, nietos, tataranietos y mantener a los muertos al...

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Las iglesias.

La cantidad de Iglesias en Puebla es increíble. Ya todos conocemos esa leyenda urbana, y los rezos que la acompañan: Existe una iglesia para cada día del año. Alguna vez escuché que el número real, era la mitad de los 365. Todas las iglesias, de ladrillos viejos y tumbas rotas, están protegidas por el mundo, como patrimonio cultural. Así es Puebla, la ciudad del patrimonio cultural, la ciudad de los ángeles, la ciudad donde algún dios bajará su pie celestial primero, para juzgar a la humanidad. Me imagino a sus habitantes, con las manos alzadas por las mañanas y...

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La verdad te hará libre.

“La verdad te hará libre”, escuchas y ves, a menudo, como católico nacido en un país católico. Cuando hablan de la verdad, se refieren al Verbo y consecuentemente, a la Palabra (con mayúsculas, infinidad de nombres para dios). Al aceptar esa verdad, se liberan cadenas y supuestamente, diriges tu vida con una libertad absoluta, ese libre albedrío que tanto te prometieron. A su vez, te amarras a las reglas religiosas que te permiten ser libre. Sí, hay gente que de verdad pretende que ambas cosas son posibles de llevar y que no son una contradicción. Por fin, un creyente más para engrosar nuestras filas y pagar el diezmo. Sin embargo, quitando el religioso contexto, nos queda una oración hermosa y… verdadera. La verdad te hará libre. Hoy escuché la frase y pensé en todas las preguntas que me hago, cuando estoy a solas, o tomando un café, o escribiendo. Escribo una serie de preguntas para buscar la verdad, al menos mi verdad y la posible verdad de otras personas. La verdad es un motor para la ficción, imaginar lo que otro piensa o responde ante preguntas esenciales (y curioso, porque la ficción es la mentira). Sé que he hablado antes de la verdad y la contradicción de los fieles. Mi estado de agnóstico, a su vez, es una posible contradicción. Me es fascinante vivir así. Mi vida es la...

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El perro.

Anoche salí a fumar un cigarrillo y caminar un poco. Después de unas pocas cuadras me encontré a un perro. Me miró a los ojos, yo le dije–. Tranquilo monín, ¿a quién le ladras? –Porque estaba ladrando. El perro, para mi sorpresa, no me respondió. Caminó detrás de mi. Esa mañana, cuando salí a caminar, me encontré un perro aplastado en la recta de Cholula. Miré su sangre desparramada en el piso y su cabeza aplastada. Una señora limpiaba la acera, ignorando al perro y seguí su ejemplo. No había nada ya qué hacer por él. Los perros, el animal doméstico por excelencia, la inmediata asociación humana para hablar de follar, de perseguir, de ladrar, de mover la cola. El perro de la noche continuó siguiendo mis pasos. Me gustaba. Blanco con café, orejas grandes, mirada triste. Tan pronto llegamos a la recta, pensé: “Te quiero llevar conmigo. No me gustaría verte con la cabeza aplastada y tu sangre desparramada en el pavimento”. El pensamiento dio pie a las posibilidades: “Puedo llevarlo a casa y dejarlo en la azotehuela, hasta que lo llevemos a un veterinario para que lo revise”. El perro simplemente avanzaba unos pasos, o se quedaba atrás para oler, pero eventualmente llegaba a mi lado. Encendí otro cigarro y me senté en una de las bancas del parque. El perro decidió dar vueltas por el parque....

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Los pequeños lujos.

Los pequeños lujos, ¿son aquellos que compramos con un par de monedas? Una coca cola cuando hace calor, por ejemplo. Una cajetilla de cigarros con alguna portada nueva, o distinta, a las acostumbradas. Fumar antes, después, y durante todas las esperas del mundo. Tener un reloj, un celular, una cámara digital, y cuánto aparato se te ocurra. Una libretita para escribir los pensamientos. Una pulsera de tela, una playera nueva, unos tenis deslavados -tan rotos, que ya no sabes cuando los compraste y sólo los conservas porque son TUS tenis-. Una amiguita o un amiguito, para coger en tiempos de sequía. Hacer naderías en tu tiempo libre, como una chaquetita, o leer una revista. También el pequeño lujo de caminar cuando tienes coche, (ahora sí, me voy caminando a la tiendita por todos mis otros pequeños lujos). Tirarse en el pasto a dormir, para que luego te despierte algún bicho que te mordió los tobillos. Que el perro se te suba al regazo mientras escribes y deseas, silenciosamente, que sea una mujer. Un libro nuevo, que empezarás y olvidarás cuando compres el siguiente. Los libros olvidables. Tener diez dedos en las dos manos, tener otros diez en los pies. Tijeritas para el pelo en la nariz y pasarse un rato en el espejo, buscando las nuevas arrugas. No hacer nada el día de tu cumpleaños, ¿es otro pequeño lujo?...

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Libreros (10).

El viaje termina en el numero once. Mañana se cierra esta anécdota de los libreros y podré continuar con mis textos breves, o con alguna de las historias que tengo pendientes. Sé que me tardé, pero estuve viajando y trabajando. El trabajo, ya me ha pasado, me quita todos los poderes para seguir escribiendo con constancia y regularidad (esa que más quisiera todos los días). Viajar es una ruptura completa de la rutina, al dormir en otra cama, reposar la cabeza en otra almohada, sentarse a tomar café en otra mesa, caminar en otras calles. Sin embargo, este tiempo que me tomé para recorrer las páginas, las portadas, releer ciertos párrafos o líneas subrayadas (que no son muchas, pero ahí están) o leer las anotaciones que hago en la primera página, o al calce (que tampoco son muchas) o simplemente encontrar líneas al azar, provocaron algo. Algo… esa palabra ambigua que no dice nada, pero sabemos que está ahí. La definición de “algo” es un mundo subjetivo. Cada quien sabe que es su “algo”, su “alguien”, pero le es imposible explicárselo a los demás con certeza. ¿No se supone que para eso tenemos las palabras? Sí. Para eso son los libros que me acompañaron hasta aquí, y muchos otros más que tengo en digital. ¿Y tus libros, cuáles son? Este librero guarda: “Cuentos completos” (Onetti), “Bola de sebo y...

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Chilangoland II.

Llegue a Chilangoland dormido, con los Beatles en la cabeza. Los escucho más últimamente por el pasado. Asocio a los Beatles con mi infancia (¿quién no?) y con mi vida en la ciudad de México. Desde las pequeñas escapadas cuando me cuidaba mi abuela, hasta los primeros signos de independencia cuando salía con mis amigos. Largas caminatas descubriendo calles o buscando algún lugar, perdiéndome… de verdad perdiéndome, porque no existe alguien más distraído que yo a la hora de dar los pasos. Sé que en algún momento era a propósito y después se volvió costumbre. “Voy a caminar y no me importa a dónde”, fue la primera instrucción consciente de mi cerebro, a quien sabe que edad, y de tanto memorizármela mi cuerpo ya la asimiló. Precisamente, desperté con “Hello Goodbye”. Es buena canción. Tu dices hola, y te dicen adiós. Te dicen detente, y tu respondes: Va, va, va. “Hello Goodbye” puede ser un viaje breve a la Ciudad de México. En mi viaje anterior llegué con planes. En este hice lo mismo, pero pocos se cumplieron. Que los planes se rompan también es bueno, porque te permite ver las alternativas y te anima a descubrir. Haz lo que debes. O lo que debiste. Salí con mi hermano, pasé más tiempo con viejos amigos, platiqué más tiempo con mi familia y trabajamos juntos. Es cierto que ahora vivo...

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Libreros (9).

Este librero guarda algunas piezas importantes, algunos regalos, algunas cajas de mis aparatos y juguetitos. No escondo nada, todo está a la mano. No se ve, porque en ese momento la saqué de ahí por un impulso nostálgico, pero tengo una caja china con mariposas adentro. Me la regaló K. Cuenta la leyenda que esa caja habla de la amistad. Si las mariposas guardan reposo adentro, entonces la amistad continúa. Si las mariposas llegaran a volar, entonces la amistad terminó. Es difícil pensar que con un trato así la amistad puede terminar, pero todos conocemos el tiempo y que, eventualmente, esos momentos tan felices y la amistad inseparable, eventualmente se convierten en recuerdos y melancolía. Cambiamos. Personas diferentes para etapas diferentes. Anoche abrí la caja. Las mariposas dormían adentro. Cambiamos, personas diferentes, sí… pero en el fondo, todavía somos lo mismo y permanecemos en el corazón de aquellas otras personas que pensamos ya no nos querían. Éste también es un viaje melancólico. No todo pueden ser confesiones humorísticas y libros absurdos. Dendritas tristes nos atan. Los libros que contiene esta repisa son: “The Complete Book Of Scriptwriting” (Straczynski), “Antología de la Literatura Mexicana” (Ma. Luisa H. Ibar), “Lengua y literatura españolas” (Varios), “Redacción sin dolor” (Sandro Cohen), “Taxonomía de conceptos de comunicación” (Reed Blake & Edwin Haroldsen), “The Oxford Anthology of English Literature” (Bloom y otros), “Golem100” (Alfred Bester),...

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Aquí no es el cielo

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