Etiqueta: cigarrillo

El uber de un solitario neón

Ojalá pudiera incluir la música de sintetizadores en alguna parte, pero no sé cómo. Este es uno de esos momentos vergonzosos cuando la mitad de una anécdota sólo ocurre en la cabeza y la otra mitad está severamente distorsionada por algo: la noche, el alcohol, la nicotina, las risas de las muchachas que caminan en tacones y faldas pero súbitamente se ponen a llorar, y abrazan a su novio, y quien sabe por qué enloquecida razón balbucean de sus familias y sus gatos, y dicen que están muy agradecidas y lo van a demostrar, ahí mismo, en la calle...

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Las noches secuestradas

Publicado originalmente en La Jornada Aguascalientes Extraño, esta tarde, ciertas noches secuestradas por el ritmo inexorable de un libro. Cuando era más joven, y no sé por qué se me ocurre esto, era más fácil leer. Viene la construcción de la imagen, de la mentira: noches de pie, a un lado de la ventana, iluminado por algún farol, cigarrillo encendido. Cuando no tenía un hogar y mi destino era incierto, estaba solo y no lo estaba, porque siempre tenía un libro entre las manos. Literatura de evasión, o literatura de supervivencia. Las historias que cuentan los viejos sabihondos para...

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En honor al olvido

Publicado originalmente en La Jornada Aguascalientes. Casi puedo jurarles que la semana pasada, un viernes en la tarde, cuando ya había terminado con todos mis deberes laborales y conyugales (digresión: siempre me ha dado gracia, como a un niño de once años, cómo los abogados le dieron el nombre jurídico de «el débito carnal» al jubiloso acto de refocilar con su pareja), entré a mi oficina y escribí durante una hora, más o menos, la columna de la semana pasada. Eso puedo verlo con claridad: un tipo parecido a mí (palabra chipocluda: mi sosias), en un afán vanidoso, escribe...

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Un rayo de sol

Me gustaría hablar de la muchacha de vestido blanco pero no la conozco. Entonces recuerdo a algunos de mis engendros. Los cuervos, por ejemplo, no soportan el calor y como para ellos es insoportable, constantemente se empuercan en charcos de agua fría y miran a las muchachas de vestido como si el deseo les pesara. Me convierto en mi propio personaje cuando salgo a caminar y termino siguiendo a una que otra muchacha, solo porque usa un vestido y yo estoy harto del calor. No sé si quiero acariciarla por debajo de la falda o robarle el vestido para...

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Respirar el texto

Ese viaje interno que hice por las raíces del árbol, me presentó un montón de detalles y números. Uno de ellos, es que tengo un amigo escritor con el que llevo más de cinco o seis (tal vez siete) años platicando intermitentemente. Tan pronto me di cuenta de que llevábamos años de conocernos, abrí una ventana en google talk e hice lo que debía hacer: “Chinga tu madre”. Send. Casi siempre lo trataba de usted, porque es uno de esos buenos escritores y a mi me intimidan los buenos escritores. De verdad. Pero bueno, ya era hora de mandarlo...

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Levanta tu colilla, güero

¿De dónde salieron tantos cigarrillos? Los miro y no puedo pensar más que en un hombre, recogiendo las colillas y llevándolas a ese lugar. Un hombre obsesivo, tal vez. Empezó con su propia colilla y luego se dijo–. Qué feo, tirar las colillas en la calle, aplastarlas, dejarlas ahí –Luego miró otra colilla y una colilla más. Las colas de los perros. Las colas de las mujeres. Las colas de un papalote. –Hoy es domingo, no tengo otra cosa qué hacer –se dijo, para darse un empujón y empezar la recolección. Sus piernas pequeñas se movieron rápidamente por toda...

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Un momento de observación

Salí a tomar un café. Una pareja estaba frente a mí. Leía, luego le miraba las botas, luego leía otra vez. Mi cabello húmedo goteaba por la lluvia que me agarró a medio camino. Prendí un cigarrillo, mi garganta se quejó, además de la lluvia y la gripe, perdí algo en el camino. Oscar habla de María, y la disposición que tiene para comprar tambores de hojalata. Oscar habla de los errores que cometió, pero no se siente culpable. La chica de enfrente exclama–. No pude decirle nada, porque era su depa –El chico, visiblemente interesado en ella, le...

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Los ladrillos de la iglesia

Me descubrí robando los ladrillos de una iglesia en la madrugada. Sí, me imaginaba que era de madrugada por el frío, pero no podía asegurarlo. El frío me despertó y unos perros que ladraban a lo lejos. En mis caminatas había visto esos ladrillos en diversas ocasiones, abandonados, desaprovechados, tristes… moribundos. Pensaba que alguien debía darles un propósito cada que los miraba lamentables y grises. Cuando regresé a casa, ya tenía la mitad de una cerca para cerrar el jardín. Me reí. Estaba auto emparedándome. Para no traicionarme, fui por otro ladrillo y usando la mezcla de cemento lo...

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Eterno y efímero

El hombre sigue con la vista el péndulo que hace la mujer con sus piernas, ella distraída come un helado y él prende un cigarro. El humo penetra en el movimiento que hacen las piernas de la muchacha. El humo penetra. Poco esconde su vestido suelto. Está sentado en una banca, quizás esperando, porque otra cosa no sabe hacer. La mujer cruza las rodillas y las mueve, coquetamente, en un vaivén descuidado y eterno. El cigarrillo está roto, igual que el hombre. El helado se derrite, gotas caen sobre los dedos de la mujer. A ella no le importa...

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Hermoso y horrible

El arenero me contó que todo es lo mismo en su dominio y que los adjetivos sólo son un juego para manipular personas. –Escucha. –Su rostro alargado y delgado, sus cabellos como espigas de trigo, y su rostro compuesto de miles de granos de arena que resbalaban y volvían a caer desde la punta de su cabello–. Escucha como gritan. Cuando te acostumbres a sus gritos, oirás sus carcajadas. Mil años de carcajadas y escucharás sus palabras. Las palabras no dicen nada, porque como te lo he dicho, aquí nada de eso cuenta. El ruido de las palabras es...

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