Recuerdo cuando era fácil, cuando no daba vueltas y no había preparación ni investigación. Simplemente cedía al misterio y bajaba los escalones de dos en dos con las luces apagadas porque no existía el abismo, sólo la [su_tooltip content=”he regresado, una vez más, al relato de la oscuridad, los niños y el elefante”][su_highlight background=”#99c9ff”]exploración[/su_highlight][/su_tooltip] (la explotación, corrigió el diminuto señor del autocorrector que vive en el teléfono y sonrío; explotar la cabeza y la intuición).

Cuando era fácil tu sombra ya estaba conmigo. Un gato que acaricia la rodilla de un hombre distraído. Un gato que observa indiferente la imaginación y el trabajo de unos dedos furiosos y sin mordazas. Un gato que se hace nudo y ciñe la garganta de un hombre-orquesta y sus extravagancias y sus estridencias. Gato que arquea la espalda y maulla para interrumpir el flujo de la rutina. Gato que menea los bigotes, piensa en perros y una gota de leche cuelga del extremo de un folículo tembloroso y amable. 

Pasan los años y somos un par de espíritus que han crecido juntos, que han entrelazado confesiones y secretos y buenos deseos (algunos malos, también). Ya no bajo los escalones de dos en dos pero tengo un gato en el hombro. Siento la humedad de su nariz y me pega la nostalgia de un cacto corrupto y parlante. Escríbeme un cuento, dice el gato y se lame las garras y me despierto y pienso: “cuántos libros he escrito con este maldito animal en mi regazo”. 

Un cuento es todo.