Como en México se lee poco, una de las discusiones comunes y preferidas del mexicano más leído, arrojado y atrevido, del mexicano galán e intelectual, es cómo solucionar el problema (seguro tienen en la cabeza el tono preciso para imaginarlo: EL PROBLEMA) de la lectura. Serafines blondos y voluptuosos que aparecen súbitamente para salvar a la comunidad no lectora de su ignorancia, su salvajismo, su poca apreciación por letras garigoleadas de un gusto refinado y elocuente. Háganse a un lado porque les voy a poner su navidad.

Además, nuestro país, tan macho y tan viril, se comporta como un muchacho vergonzoso cuando se acerca a un libro y lo invita a salir, entonces es fácil leer ciertas falacias o imbecilidades en cuanto a obras maestras literarias (aunque, a ojo de buen cubero, suele pasar más con los modernos) se refiere de parte de las pocas neuronas lectoras que tenemos en nuestro terruño. O, bueno, si no es culpa de ciertas neuronas lectoras, entonces es culpa de las neuronas pachonas.

Una de esas falacias, y ciertamente ya me tiene hasta la madre, es: “Muchos lo han comprado, pocos lo han leído y menos lo han entendido”. Palabras más, palabras menos, todo depende del goce que tenga el hablante de expulsar la frasecita concatenada de condescendencia y escucharse a sí mismo, como representante digno de Lectores Por Obligación AC, o quizás como el brujo maestro de la orden de los ojetes y los mamertos. También, he visto, depende de cuánto daño quiera el maxmordón hacerle a su víctima.

Por ejemplo: un papá aburrido, con sus pantuflitas de domingo, se encuentra con su hijo recién nacido y este hijo recién nacido tiene entre sus manitas una copia de La montaña mágica y entonces el padre cachetea al niño, deja su mejilla bien roja, le dice: “Menudo imbécil” y después, a coro: “Pretendías leerlo y ni siquiera puedes entenderlo”, mientras el niño berrea y pide perdón, por todo, hasta por lo que no hizo y también por lo que nunca hará.

Otra igual de imbécil: “No tiene caso que lo leas porque no lo vas a entender”. De qué se trata, pues. Cuando me encuentro con uno de estos fabulosos lectores, agudizo la mirada y lo vigilo como quien vigila un escorpión, una víbora o una araña de violín. Lo miro así porque deseo aprender: ¿quién te torturó durante tiempo? ¿Quién te convirtió en esa criatura despreciable y malhumorada? ¿Quién te hizo despreciar todas las hojas que has tenido entre las manos y tratarlas como se trata un acertijo trivial, o peor aún, un relicario sagrado y olvidado? Al principio es gracioso, uno lo toma como lo que es: una explosión de idiotismo de la cual, con suerte, uno podría salir bien librado, pero también es nuestra responsabilidad no dejar que el chiste siga corriendo. Porque así, imagino, empiezan las religiones: pequeños rencores que se transforman en máximas, máximas que se distribuyen para dar un orden impuro, estático y aburrido a las cosas. “No lo entenderás de verdad hasta que no lo entiendas, o no lo veas, o no lo sientas, o no lo percibas como yo”. Y por qué. Por qué.

De por sí, México lee poco para que llegue un aguafiestas a convertir el agua en tang. Sin embargo, no me hagan mucho caso porque estoy consciente del otro extremo, también facilista y falso: “Por algún libro se empieza y de ahí, uh, van a leer las grandes obras maestras”. Ese otro profeta, vestido de colores chillantes y sonrisa amplia, es el que transforma el agua en coca cola.

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Escrito originalmente en La Jornada Aguascalientes:

http://www.lja.mx/2015/12/la-escuela-de-los-opiliones-polillas-de-religion/