Después de vencer a Colette, a diez personas y a un luchador semiprofesional llamado el Gerente; Mateo creía, honestamente, que vencer a un dios sería poca cosa. Así que cuando la deidad de la Habitación de los Hambrientos, una presencia de doscientos rostros, mil extremidades, dieciséis lenguas y tres ojos, cuyo cuerpo era una sombra que jugaba perpetuamente entre la carne y el humo, expresó sus ansias de un sacrificio con un rugido estremecedor, Mateo silbó burlonamente y se preparó para su siguiente contrincante.

Los únicos, si me permiten la opinión, que han sabido narrar las peleas contra algún dios son los videojuegos, y con el perdón de Odiseo, quienes exigen al jugador que, a través de horas de sacrificio y entrega, entrenen a sus avatares pixelados para que posean la fuerza suficiente para enfrentar los portentosos retos preparados por equipos de japoneses implacables, sádicos y perfeccionistas. Sin embargo, trataré de contarles como Mateo golpeó al dios de las mil extremidades durante años, lustros, decenios. Lo golpeó en las dieciséis lenguas, las treintaidós bocas y los tres ojos. Mil extremidades sólo pudieron tocar a Mateo diez veces, durante toda la pelea, y ninguna vez fue mortal, porque él tomó el reto con valentía y nunca dudó de su poder. Tampoco se dejó intimidar por los rugidos espirituales de este dios, quienes otros decían que tenía la capacidad para cimbrar los muchos niveles del alma.

Mateo descubrió profundidades metafísicas que creía imposibles: Abrió las siete puertas del Dios Murillo; despertó antiguos espíritus de energía ambigua; recreó la vida y obra del dragón Freitag quien, durante su juventud, inventó muchos hechizos que, hogaño, se han perdido o se han prohibido por concilios sombríos y secretos; descubrió la verdadera forma de la antimateria la cual no se aleja mucho de la descripción que dio Plinio el joven en una de sus cartas a Plinio el viejo, junto con su crónica de la erupción del Vesubio, la cual, no me dejarán mentir, todavía se comenta mucho en nuestros días.

La pelea acabó demasiado pronto. Antes de que Mateo pudiera alcanzar su divinidad y que el dios se convirtiera en un perro, un golpe en el lugar indicado mató a uno y al otro lo convirtió en, ciertos libros históricos y mitológicos, un héroe discreto. Se pensaría que una lucha así, dejaría cansado a Mateo y sin ganas de buscar el siguiente reto, pero no fue así. Aunque sabía que para saciar sus ganas de lucha, y de sangre, tendría que buscar a un dios más fuerte y el dios de la Habitación de los Hambrientos parecía algo muy difícil de superar. Sin embargo… sentía una pequeña molestia en su nuca, como si un bicho le mordiera y le jalara el cabello rizado.

Mateo creía, aunque probablemente se equivocaba y era la adrenalina pidiéndole la siguiente pelea, que había uno más a vencer.

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