La historia que, a continuación, voy a contarles es una falta de respeto para la gente buena, para la justicia y para el castigo implícito que debe venir después de un crimen. En la página anterior, Mateo se había salido parcialmente con la suya hasta que unas personas se levantaron de sus asientos y dejaron sus estaciones de trabajo para vengar a la pobre de Colette, la cual acabó en el piso, donde soñaba con su vida pobre y atribulada en su país natal. Mateo sonreía cínicamente mientras este grupo de personas, unas diez o quince, quizás veinte, se frotaban y tronaban los nudillos.

Y todos ellos atacaron a Mateo al mismo tiempo.

Pero la confianza que se tenía Mateo era sobrehumana y, gracias a ello, pudo esquivar el primer puñetazo y someter al segundo atacante con una patada. El tercero intentó atraparlo con ambos brazos pero Mateo usó sus breves conocimientos de aikidoka para lanzarlo por los aires, aprovechando la misma fuerza del embiste, contra el cuarto y le metió el pie al quinto, el cual se tropezó con el cuchillo del sexto y el sexto al tener sangre en las manos, enloqueció de furia y ese, al menos, alcanzó a meterle una zancadilla a Mateo pero ignoraba que era como de acero, porque estaba muy confianzudo, y eso endureció todos sus músculos, y fue el mismo pie que recibió la zancadilla el que dio una patada tan rápida como la mordida de una víbora en el pecho del sexto, y la onda expansiva del aire pegó al séptimo y al octavo, lanzándolos por los aires como una película china de artes marciales. El noveno ya veía a Mateo y dudaba en meterse a la trifulca, pero es que debía intentar algo, por lo menos, ya que se había ofendido al débil, al inválido, a la mujer (la cual, quiero decirles, era más versada en las artes de la autodefensa que los muchachos chichos de la película gacha, los cuales confiaban en que eran muchos, pero Mateo resultó, quizás por el azar de un dios travieso, más que suficiente para todos ellos).

Mateo se limpió las manos y miró a sus alrededores. Los demás carniceros y comensales no le prestaban atención a él. En cambio, miraban a la dirección donde apareció una misteriosa figura, envuelta con una lujosa capa y usaba una máscara que escondía su verdadero rostro.

—Ahora sí ya nos chingaste a todos, mano —dijo un hombre que se acercó a Mateo—. Ya hiciste que llamaran al gerente y ese sí te va a dar en tu madre, y a todos los que no pudieron detenerte.

El gerente abrió la capa y reveló, además de unos pantalones deportivos verdes neón, un pecho desnudo y musculoso. Los brazos ágiles del gerente se flexionaron y luego los cruzó para desafiar a Mateo.