Contempló durante unos segundos a la mujer gorda y sonrosada que tenía enfrente. Ella cruzó los brazos, alzó el rostro y su papada engordó en un gesto defensivo. Ambos sabían lo que estaba a punto de suceder.

—Señora, no conocía las reglas y no me importa, yo sólo quiero comer algo.

—Así que eres uno de esos, ¿eh?

—¿Uno de esos cómo?

—Uno de esos —repitió Colette, alzó uno de los brazos, empezó a salivar en demasía y los ojos se le enrojecieron.

—No se enoje, yo sólo quiero comer algo —repitió Mateo, con el mismo tono de voz.

Colette se enfureció.

—No estoy enojada pero las reglas son reglas y necesitamos reglas para que todos, en esta vida, podamos obtener un poco de lo que queremos. No todo, no, porque obtenerlo todo sería romper las reglas y eso es lo que hacen los criminales y los desgraciados, sin embargo un poquito como comer algo, beber algo decente, leer un buen libro o escuchar música agradable, requiere de un mínimo de reglas en esta vida que…

El discurso de Colette siguió reduplicándose en al cabeza de Mateo. Se dio cuenta que mientras ella seguía con el fárrago de las reglas, las regulaciones y del buen vivir, otros habían entrado por donde él vino y se había formado para obtener su pedazo de carne, para luego incorporarse a las mesas mientras que otros se iban. Había otros más, y eso a Mateo le parecía un misterio, que se formaban con la fila de hombres que entraban al cuarto oscuro. Quizás ahí habría mejor comida. O mejor aún, los criminales que obtenían todo lo que querían, sin necesidad de las reglas. Colette no se callaba.