Por algo escogieron a Colette como la guardiana de la Habitación de los Hambrientos. No fue por su afabilidad, su gesto de atención o su carácter que de inicio aparenta una amabilidad inusitada, sino también por su tamaño y la habilidad de sus puños. Dicen que ella creció, en Francia, junto con siete u ocho hermanos y por ser la mayor, aprendió gustosa y rápidamente como disciplinarlos a todos.

Cuando ella se levantó y descubrió que Mateo la estaba esperando con su mejor imitación de una postura de boxeador, pudo asestar un golpe certero en el esternón del muchacho, cuyas vibraciones afectaron sus riñones y su juicio. Pero Mateo no estaba dispuesto a perder así como así. Por una vez decidió romper las reglas y estaba dispuesto a que esa experiencia fuera un triunfo dentro de sus memorias. Se sacudió el dolor como pudo, miró a los ojos a una furibunda Colette.

A pesar de la seriedad de muerte que había en los ojos de ambos luchadores, mucha de la gente que miraba pensaba que había descubierto a dos muñecos peleándose. Como si en vez de obliterarse del universo, fueran a despinocharse las cabezas.