La pobre no supo lo que le pegó, por lo menos así fue los primeros dos minutos. Después Colette se levantó, se limpió la nariz sangrante con el puño blanco de su uniforme y enseñó unos dientes chuecos y afilados como los de un perro rabioso. Tenía los ojos enceguecidos por la frustración y la furia. Giró el rostro múltiples veces para buscar al culpable de su caída. Estaba dispuesto a despedazarlo, incluso matarlo si era posible. Jamás le habían faltado el respeto de esa forma.