A pesar de que Colette se veía amenazadora, seguía buscando a Mateo como un perro con la cabeza perdida por los olores. No había recuperado la vista. Mateo aprovechó la oportunidad para darle un puñetazo más en la cara. Ella cayó de espaldas, las extremidades extendidas como un muñeco y se entregó a la inconsciencia. Ya no había más pelea en su cuerpo para hacer respetar las reglas.

Mateo sonrió como un canalla.

Y fue precisamente esa sonrisa la que hizo que un puñado de espectadores, entre los comensales y los carniceros, se levantara y se acercaran a él, lentamente, dispuestos a vengar a la anfitriona caída. Si ella no pudo hacer valer las reglas, ellos se asegurarían de que Mateo sí.

—A ver si muy valiente contra hombres, cabrón —dijo uno de ellos.

Mateo sentía demasiada confianza en sí mismo; creía que él solo podría contra diez, quince o cuántos se le pusieran enfrente, después de todo, había tirado a la enorme de Colette con sólo dos golpes. Sabía, sin embargo, que su sonrisa había sido una grosería, una definitiva afrenta, contra un contrincante que merecía un mínimo de respeto no sólo como una cortesía, sino como un guiño a los espectadores quienes se habían mantenido al margen. Tal vez no era demasiado tarde para recuperar un poco de honor.