El Gerente, en mayúsculas porque otro nombre no se le conoce, de la Habitación de los Hambrientos (sic), además de ser un administrador hábil de tiempos y de urgencias y un íntimo lector de las aspiraciones profesionales del hombre común, era un ávido fanático de la lucha libre. Por eso la practicó desde muy pequeño, en uno de los gimnasios de la Guerrero donde se entrenaron gladiadores despampanantes como el Rayo Tricolor, Humanitas Rex y el Niponés de la Buenos Aires; su entrenador fue uno de los primeros luchadores en ser llamado a pelear a Japón, y el diseño de su máscara sería una de grandes inspiraciones para artistas y dibujantes, que aún hoy en día tratan de incorporar su diseño a sus propios personajes.

Como todos sabemos su nombre, sería un insulto nombrar a semejante héroe del imaginario nacional pero basta con decir que él fue quien entrenó al próximo oponente de Mateo, sí, aquel a quien legó sus mejores técnicas secretas.

Sin embargo, como los dados son los dados, un íntimo instrumento del azar y sus maquinaciones, el Gerente perdió la pelea contra Mateo. No fue fácil. Pelearon durante más de 40 días y 40 noches, por cierto desatino bíblico, aunque otros dirán que fueron mil días por las ganas de alimentar otro tipo de mito. Ambos contendientes se agarraron de las greñas, se aventaron por los aires, se patearon con ambas piernas, se rompieron dieciséis costillas y veintitrés dedos. Descansaron para sanar y pelearon de nuevo. La gente en la Habitación de los Hambrientos trataba de acostumbrarse a ellos, pero a veces era imposible, porque alguien rompía una mesa con su caída, o alguien daba un puñetazo al que daba una mordida o alguno quitaba un pedazo de carne al que estaba a punto de morder.

La humillación terminó cuando Mateo contó al nueve mientras le aplicaba la quebradora al cansadísimo Gerente. Antes de que el diez fuera pronunciado, retumbó un lamento diabólico en los altavoces y el Gerente, escupiendo sangre por la boca, le dijo a Mateo:

—Ya nos chingaste a todos. Despertaste al dios oculto de la Habitación de los Hambrientos y ese nos va a dar en la madre sin importarle quién hizo qué. Los dioses no hacen excepciones.

—¿A poco? —preguntó Mateo con algo de ironía y dejó ir al Gerente.

Frente a él, la gente se levantó de sus mesas y corrieron a trompicones hacia la puerta de salida, incluido el adversario vencido. Más allá, entre las sombras, aparecía la sombra de un gigante o de un coloso. Es raro pero la gente sueña comúnmente en proporciones titánicas y, a menudo, mejor huyen cuando corren el peligro de arrostrarlas.