La historia que, a continuación, voy a contarles complacerá a quienes desprecien a los golpeadores arrogantes de gorditas con sonrisas amables y a quienes profesan un amor desmedido por las reglas. Mateo tuvo mucha suerte la primera vez pero vencer a quince señores furiosos por un afán de venganza sube muchísimo las apuestas. Por eso Mateo intentó lo único honorable que se le ocurría en una situación así: correr hacia la salida, irse de ahí, olvidarse de Colette, de Casiopea, de Nico y de Dalila, de la fiesta perpetua en la Habitación de los Hambrientos. Ojalá todo fuera tan sencillo como escapar y prometerse el olvido. Dos hombres lo agarraron por la camisa antes de que pudiera huir y con ello bastó para jalar el cuerpo enclenque de Mateo como una varita.

No sería él quien decidiera su destino, sino los quince pares de puños que le enseñaron un poco de educación con cada impacto. Aunque la verdad sea dicha, ni siquiera Mateo se sentía mal por él mismo porque sabía cuál era su crimen. Debía pagar su arrogancia, sus breves momentos de suerte, sus ganas de ladrar como un perro y avanzar entre los demás como si tuviera mejores patas, mejores cabellos y mejores ojos que ellos. Ahora ellos le estaban enseñando la verdad de su pobre existencia.

Algunos dicen que sonrió con el último golpe y lo dejaron ahí para auxiliar a la pobre de Colette. No se sabe si Mateo quedó vivo o muerto, pero seguramente aprendió su lección.

Has leído “Mateo, el perrito alfa”.