Está bien Mateo, me descubriste: soy el narrador de esta historia. No te pudiste contener y tenías que seguir indagando, tirando los dados para ver con quien te encontrabas, ¿verdad? Me alegra, de veras, eso te hace poco más que un bruto. Eres un semental, eres imparable, eres un héroe entre todos los héroes. No es para menos, en serio. Tus puños los vencieron a todos: a una gordita amable, a quince comensales encabronados, a una joven promesa de la lucha libre mexicana y al dios oculto en la Habitación de los Hambrientos. ¿Qué más quieres? ¿Vencerme a mí? Contrario a lo que dicen los escritores popof, yo valgo nada en esta historia, te lo juro. Soy un simple instrumento. Las palabras llegan a mí como por arte de magia. No tengo control sobre tus pensamientos, ni tus actos. De verdad.

Híjole mano, espérate tantito, suéltame y no te pongas brusco. Con razón pudiste con todos ellos, si tienes una fuerza sobradísima en tus brazos. ¿Pues qué hiciste del inicio para acá? ¿A qué hora te pusiste a hacer pesas y abdominales, chamaco? Te lo juro que yo te imaginaba más debilucho, como un blandengue, una mierdita pueril a la que todos pisotean. Con razón me quieres matar, perdóname amigo, no quise hablarte así… no me vayas a dar, en las manos no que de eso vivo. ¡Ay cabrón, eso sí me dolió!

 ¡Ya entendí pues! ¡Ya entendí que me vas a matar! Pero antes de que sigas golpeándome debes entender una cosa: cuando te dije que yo no tenía poder, hablaba en serio. ¿Piqué tu curiosidad, Mateo? Espérate, ¡espérate, chingado! Ahorita me matas pues. Mira, primero debo decirte algo… sí de plano me vas a torcer el pescuezo, no me voy solo, hay otro responsable. Mira, asómate a la página 68 y verás qué… ¡Ay hijo de la chingada! ¡Ay, cabrón! ¡Apúrate pues y acaba conmigo, pinche monstruo, pinche diablo, pinche héroe entre los héroes demoníaco, pinche hijo que hace su voluntad e ignora la de todos los dioses! ¡Híjole cabrón! ¡Acaba conmigo pues! Pinche…