Como era de esperarse, Mateo no podía compararse contra Colette como pugilista, como luchador, como idealista o siquiera como ser humano. El primer golpe que había logrado asestarle, ese que hizo para callarla, fue de una suerte increíble. El segundo golpe fue su perdición, porque Colette pudo evitarlo para contrarrestar con otro golpe en el esternón que esta vez si quebró algo: una o dos costillas nomás.

Después ella, con una agilidad desmedida, le dio un golpe con la palma abierta en la quijada que hizo temblar el cerebro del muchacho y lo dejó en el piso, plenamente consciente, pero sin capacidad alguna de levantarse.

La gente aplaudió el espectáculo.

Colette aprovechó el momento:

—Aquí en este establecimiento se respetan las reglas del juego. Que esto no se vuelva a repetir y les sirva de lección —ella guardó silencio un minuto, dio una patada sucinta al cuerpo tembloroso de Mateo y miró a la multitud; señaló con un par de dedos a unas personas que estaban mordiendo un trozo de carne—, tú y tú, no crean que no los vi que se saltaron la fila, ¿eh? Vengan acá porque todavía debo preguntarles: ¿Qué quieren ser? ¿Cocinero o carne?

Has leído “Los débiles puños de Mateo, el rebelde”.