No puedes ser el campeón de la gente si permites que un hombre muera, sobre todo uno del cual tienes la responsabilidad directa de su funesto destino. De inmediato tomas una decisión difícil: de un salto, rodeas al hombre con tu cuerpo y suave, firmemente, lo acompañas en el trayecto para protegerlo del impacto contra el pavimento. El mundo exterior, la realidad, sigue moviéndose despacio pero esa pequeña distracción basta. Incluso, de lejos, parecía que la historia había sido manipulada por un dios para dar una lección a alguien, a otro, a los sobrevivientes del apocalipsis. De reojo miras los aviones morados pasar y como abren las compuertas para arrojar las bombas. Hubieras tenido tiempo de parar la masacre si no te hubieras detenido a salvar al hombre pero ya es demasiado tarde. Si fueras un villano, si lo hubieras dejado morir, no habrías tenido el derecho de salvarlos. Hubieras jugado a ser dios en vez del héroe, de la inspiración mítica que invita a la bondad en las personas. Miras las bombas suspendidas en el aire, directamente sobre ti, y cierras fuerte los ojos. Abrazas al conductor quien está llorando, está gritando y no te importa. Al menos debes salvar a uno.