Nico apareció entre unos anaqueles y salió para recibir a Mateo, quien todavía necesitaba reponerse de la extensión de la biblioteca: anaqueles que parecían perderse en la oscuridad de los techos y escaleras altísimas, dispuestas a aceptar el desafío. Olía a papel, pero al papel original, al de los viejos, ese que estaba barnizado con grasa animal y tratado con verdadero cuidado, verdadero respeto. Mateo deslizó su mirada por los anaqueles y no veía un solo libro que no estuviera forrado con cuero o con pasta dura de algún material igual de resistente. Eran libros hechos hechos para durar toda una vida y, paradójicamente, su origen orgánico los hacía más propenso a morirse, deshacerse en polvo o ser comidos por una multitud de bichos.

—Aquí los libros tienen prohibido morirse —dijo Nico, intuyendo las dudas de Mateo.

—¿Cómo?

Nico señaló una placa que había en uno de los muros.

La placa decía:

“En esta tierra, lo único cierto es la inmortalidad de estos libros”.

Mateo miró la placa y luego miró largamente a Nico, parecían años desde la última vez que la vio, como si hubiera navegado muchas páginas para volverla a ver. No sabía porque tenía esa impresión. Quizás era culpa de los libros.

—Debo preguntar —dijo Mateo, avanzó unos pasos y Nico caminó atrás de él—, ¿esta biblioteca es infinita, como la de Borges?

—No lo sé. Ojalá no. Intuyo que nuestro destino es otro. No es nuestro camino convertirnos en eruditos.

—Supongo que no.

La biblioteca era mucho más sencilla que la borgiana. Solo eran anaqueles dispuestos uno detrás de otro; sin embargo entre más caminaban Nico y Mateo, más anaqueles parecían descubrirse al frente de ellos. Y si volteaban hacia atrás, parecía que no se habían alejado mucho de la entrada. Eran parte de una ilusión óptica, pero una benévola, una que los dejaría escapar pronto. Mateo se detuvo en uno de los anaqueles y entró, junto con Nico, a hojear los libros. Tenía el presentimiento de que uno de los anaqueles, en realidad, era todos los anaqueles y que la ilusión de la multiplicación era una trampa para los tontos.

Ya que estuvo frente a los libros, miró a Nico y se los señaló. Ella se encogió de hombros. ¿Cómo podía escoger que libro leer? ¿O qué hacer a partir de ahora? ¿Dónde se suponía que debía empezar? ¿Quién lo trajo aquí, a una biblioteca de tantos sabores y espacios?