Esa también era una buena pregunta. ¿Cómo había logrado Casiopea sacar un promedio mundial del tiempo de comidas? Era imposible que ella estuviera conectada a todos los paladares, estómagos e intestinos del mundo. Mateo se rascó la nuca incómodo y antes de sacar sus propias conclusiones, decidió hacer él mismo la pregunta:

—¿Cómo lograste sacar un promedio mundial de los tiempos de comidas?

—Fue una combinación de cruzar los datos de Google, Wikipedia y páginas de internet que hablan de la alimentación, así como recetas en dieciséis idiomas. Sin embargo, cuando vi que los datos arrojados eran un tanto ridículos, o imposibles, usé mi otra base de datos para comparar tiempos. Tuve razón en hacerlo.

—¿Cuál?

—Nosotras las guías, estamos conectados a todos los paladares, estómagos e intestinos del mundo.

Era cierto que Mateo venía de un mundo que cedía cada vez más datos y más control de su vida a aquellos aparatos diminutos, pero era imposible que todo el mundo estuviera conectado. Para empezar, no todo mundo cabía dentro de la mansión y no estaban participando en la fiesta (¿O sí?). Había gente pobre, de escasos recursos, que en su vida jamás tendrían un celular para jugar Candy Crush entre las manos. Mateo fisgó la pantalla de Casiopea y, como adivinando sus pensamientos, ella desplegaba imágenes de gente hermosa con un celular entre las manos: los dientes sanos, las manos limpias, la ropa de marca, el celular brillante y llamativo. “Manténte conectado a tus amigos con este plan fabuloso. Déjanos conectarnos a tu paladar, tu estómago, tu intestino. Déjanos estudiar tu mierda”.

Mateo, ahora además de curiosidad y fascinación por preguntarle todo lo imposible a Casiopea, sentía un ligero enojo. Se había olvidado del hambre, de la fiesta perpetua, de las puertas mágicas de múltiples texturas. El misterio estaba en el aparato. “Manténte conectado a tus amigos”, “Conéctate con tu amante”, “El individuo es un dato para los divinos promedios”.