Abrió el casillero con cuidado de no hacer ruido. Metió sus manos para sacar a Casiopea pero tan pronto la desconectó, se encendieron las luces que iluminaron de rojo los pasillos y sonaron las alarmas. Debió suponerlo. Por eso tanta advertencia de Casiopea y de Filomena. Tantas señales que le advirtieron de meterse a este maldito lugar. Mateo sacó el cuchillo y miró a sus espaldas. Unos barrotes impedían el acceso a la puerta de salida, donde los clientes comían.

—Soy un imbécil —se dijo—. Estuve tan cerca…

Escuchó los pasos pesados de Filomena, levantó el cuchillo y con la otra mano sujetó a Casiopea. Tocó la pantalla para buscar la cámara. Pensaba grabar los momentos previos a su muerte, como si ello sirviera de algo, como si el dispositivo fuera a traicionar su propósito para revelarle al mundo lo que pasaba allí adentro. Mateo se sonrió, iluso hasta el final.

Llegó Filomena y se quedó a unos pasos de Mateo. Había dos carniceros gorilones, rudos, atrás de ella. Alguien apagó las alarmas pero el pasillo seguía en tonos rojos para alimentar la furia. Mateo no dudaba de que su error terminaría en sangre.

—Mateo —dijo Filomena, alzó las manos para tranquilizarlo—, no quiero hacerte daño. No me sirves muerto.

—Entonces déjame ir. Quiero regresar a mi casa.

—Me temo que eso no es posible. Nos eres muy valioso.

—¿Por qué?

—Tienes un instinto asesino natural —Filomena hizo una pausa—. Son pocos como tú.

Mateo sopesó la posibilidad de intentarlo pero luego imaginó a las criaturas, escuchó sus chillidos y vio sus manos manchadas con sangre y fluidos de variados y chillantes colores, olió el tufo de las escamas cuando se separan de la piel y escuchó el tronido de las antenas cuando no pueden cercenarse correctamente del cuerpo y su líquido, como la savia de un árbol, no solo lastima el sabor de la carne pero golpea el olfato como la mordida de una manzana podrida. No. No podía quedarse. Apretó el mango del cuchillo con fuerza. Tal vez debía confiar en que era tan buen asesino como decía Filomena y dar un salto de fe.

—No seas menso. No podrás con tres de nosotros. Te ofrezco un trato si sueltas el cuchillo. Te mandaré a un lugar para que puedas descansar y donde todavía nos serás de utilidad, ¿vale? Cuando acabes ahí, te prometo que te regresarán a tu guía y seguirás disfrutando de la fiesta. Pero tienes que soltarlo.

Mateo se limpió el sudor de la frente, miró la pantalla de Casiopea y vio su reflejo, la cámara frontal estaba activada. Iluso hasta el final. Se miraron a los ojos teñidos de rojo.

—Tienes que soltarlo ahora. Ven con nosotros.