Podía comer después. La puerta carmesí frente a él no era la única opción. Contaba unas ocho puertas en este pasillo y la Habitación de los Hambrientos apenas era la cuarta. También podía salir de la mansión, subir las escaleras o caminar hacia alguna otra de las alas por si tenía antojo de probar alguna otra cosa. Así, con un mundo de enigmas enfrente, ¿quién podía pensar en comida?

Mateo caminó despacio, de un extremo del pasillo al otro y clasificó las puertas por colores, por materiales o por texturas: la de caoba negra, la de acero inoxidable, la más fría que un viento cholulteca en diciembre, la de lentejuelas con un agradable olor a misterio, la roja de los hambrientos, una verde pero nada envidiosa, la de colchón café y la de piel rugosa que parecía empujar contra el tacto.

Con tomarse un respiro, Mateo se dio cuenta que las opciones habían aumentado exponencialmente. Aunque todavía tenía una pregunta de la página anterior en la cabeza y quizás esa pudiera responderla su guía.