Y Colette aprendió a cantar para dominar el mundo pero, supongamos que en otro universo no lo sabe y su voz, o sus jalones de oreja, no son lo suficientemente fuertes. En ese otro mundo sus siete hermanos: Gerard, Marcel, Jean Cosseau, Odette, Gabrielle, Balthier y Morphine nunca escuchan las súplicas por el orden. En cambio, parece que los pequeños son agentes del caos y buscan oportunidades para romper las cosas incluso más banales como el silencio, el orden, una silla, las camisas para ir a la escuela o las cortinas viejas que los protegen del sol en su casa.

Colette trata de imponerse, cada día un poco más a la fuerza, pronto reemplaza la voz cantarina por los gritos y los jalones de oreja por una vara de madera y los niños, al principio, parecen escucharla. Pero en ese universo alterno, los hermanos de Colette no aprecian para nada el abuso infantil al que son sometidos y, después de duras sesiones de orden y de educación, los ocho se miran como si pudieran comunicarse telepáticamente las instrucciones de qué hacer con la hermana mayor.

A los padres no les importa un comino. Apenas pueden alimentarse para tener un juicio mediocre de que les permita seguir existiendo. El señor trabaja de doce a catorce horas diarias para tratar de alimentarlos a todos, él incluido, y la señora cose ropa ajena para ayudarlo, además de cocinar platillos rendidores para todas las bocas y tratar de educar a los chamacos en una vida práctica, lo más pronto posible, para que adelanten sus cumpleaños como por acto de magia y sacarlos, si no por mayoría de edad, al menos por un prematuro sentido de la independencia.

Está claro que los padres: Jean Pathise y Momadour, agradecen la mano dura de Colette y su necedad por ser la guardiana de la casa. Los padres no ven, o no quieren ver porque un ahorro es un ahorro, cuando los siete hermanos pequeños de Colette enseñan los colmillos afilados a sus espaldas.