Aunque ya no tenía hambre, no en el sentido tradicional, Mateo sacó a Casiopea de su bolsillo, miró el pasillo de un extremo a otro y se alzó el dispositivo a la altura del rostro para hacer la primera pregunta.

—¿Cuánto tiempo cuesta comer algo?

—¿Perdón?

—Sí, ¿cuánto tiempo se tarda alguien en comer?

—Vaya, esa es una buena pregunta, investigando…

Mateo esperó unos segundos. La pantalla de Casiopea mostraba toda clase de imágenes y datos de gente comiendo. Por ejemplo: ¿Sabías que 40 gramos de chocolate tienen alrededor de 100 calorías? ¿Y sabías que el agua no tiene ninguna?, un plátano promedio tiene 150 calorías, harta vitamina C y mucho potasio. Uno en las mañanas puede ser un desayuno benéfico y rápido, si necesitas energía pronto, sin embargo, no es recomendable comer fruta cuando está anocheciendo, porque el estómago no puede trabajarla con la misma eficacia como lo hace en la mañana y luego uno se queda turulato. Entonces es fácil preguntarse por todos esos salvajes, esos silvestres, esos jíbaros que siempre están tragando fruta y parecen gente funcional, saludable. Espera, ¿será qué el plátano es una fruta porque no tiene semilla?, ¿y de dónde viene ese razonamiento? Son unos malditos jíbaros.

La pantalla de Casiopea se quedó estática. Se escuchó su voz:

—Tu pregunta es difícil, no tiene una solución simple. Según un promedio mundial, una persona toma cuarenta y ocho minutos en hacer una comida de dos platos; una hora con once minutos, dieciséis segundos, para hacer una comida de tres platos; en los comedores de la fiesta perpetua, una comida toma treinta y dos minutos, con cuarenta y tres segundos. Los promedios se hicieron con la fecha de hoy. Mañana pueden cambiar. ¿Gustas que anote esta pregunta como uno de mis deberes diarios para actualizar la información conforme vaya pasando el tiempo?

—No es necesario.

Mateo deseaba seguir payaseando con preguntas. Quizás podía regresar a admirar las puertas del pasillo para ver si se le antojaba entrar a alguna o quizás podía entrar a la Habitación de los Hambrientos para no desaprovechar el tiempo. Aunque, al parecer, los comedores de La fiesta perpetua no tenían nada qué ver con aquella habitación. Todo se lo podía preguntar a Casiopea. No había necesidad de perderse con ella en las manos.