Había llegado el momento. No podía quedarse más tiempo o se desharían de él. Notó como día con día, Filomena se desesperaba más para dar instrucciones de cómo cortar la carne, triturar los huesos o retirar las escamas. Pero es que Mateo no tenía estómago para romper a las quimeras que se le presentaban enfrente, mucho menos lo tendría para matarlas otra vez.

Sí, se había visto en los videos y descubrió como tenía cierta habilidad natural para matarlas, pero eso fue porque tenía una venda en los ojos. Verlas lo hacía distinto. Filomena trató de enseñarle videos de otros carniceros y como ellos entraban a los pasillos con la confianza de un torero, de un asesino, como entregaban la vida con cada paso que daban, dispuestos a matar o morir pero Mateo no era así. No desde que le quitaron la venda.

Filomena insistía, sin embargo, como si él valiera algo. ¿Por qué?

Salió silenciosamente de su habitación. Calculaba que eran las dos o tres de la mañana. Todos debían estar dormidos, excepto algunos clientes o algunos carniceros solitarios, quienes seguramente no repararían en él por el cansancio. Caminó de puntillas por los pasillos blancos. Se escuchaba el eco de unas gotas de agua. Algún pinche (como le llamaban a los asistentes) no cerró bien las llaves.

Llegó a los casilleros donde Filomena había guardado a su guía, Casiopea. Según la pantalla, aún debía vivir un par de años en La habitación de los hambrientos. No podía seguir. No así. Quizás no solo debía abandonar este lugar, pero La fiesta en general. Lo mejor era regresar a casa. ¿Y Nico? Quizás estaba en una situación todavía pero que la de él. Primero tenía que ocuparse en lograr escapar vivo. No sabía si debía llevarse el dispositivo para asegurarse de que no todo fue un sueño o, así como llegó a la mansión por primera vez, dejarlo todo atrás. Acarició el mango del cuchillo bajo su camisa, su única arma. Si Filomena lo veía, dudaba que lo dejaría ir.