Colette no podía cerrar la boca frente al muchacho enclenque y sinvergüenza que tenía enfrente. Al principio trató de perdonarlo pero su cerebro decidió jugarle una mala pasada y convirtió al muchacho en un insecto (una cucaracha pelirroja que sostenía un teléfono y se acomodaba los anteojos) tan mezquino como ella lo era (probablemente uno de esos escarabajos de campo que sobreviven del estiércol) al no considerar que podía entender que había gente así de despistada. Solo es un descuido, decía una voz tímida en su cabeza, pero era tan tímida que se ahogaba entre muchas otras. Ella no podía comprender, por supuesto, como es que existiera alguien que no supiera las reglas.

Tomó al muchacho de los hombros. Debía asegurarse.

—¿Puedes repetirme lo que acabas de decir?

—Estoy aquí pero no sé lo que debo hacer —dijo Mateo.

Colette dio dos pasos atrás como si le hubieran dado una bofetada. En su tiempo dentro de la Habitación de los Hambrientos, nunca había llegado alguien a decirle que no conocía las reglas. Todos simplemente escogían entre ser un Cocinero y la Carne, y entonces ella podía seguir ocupándose de cuidar la puerta de entrada, como el eterno guardián resoluto que no sabe lo que cuida, pero lo hace con fe, porque su trabajo seguramente sostenía uno de los pilares del universo. Apretó los dientes, estaba a punto de regresarle la bofetada a Mateo pero una verdadera, una que enrojecería su rostro y le haría chillar de vergüenza, así como ella estaba a punto de hacerlo. Nunca había tenido que enfrentarse a un imbécil de ese calibre. Aunque el muchacho no lo sabía, ella sí: estaban más allá de cualquier perdón, de cualquier esperanza de redención.