Casiopea brilló a los ojos de Mateo. “¿Puedes repetir tu pregunta?”. Él se separó del centro, donde la música y la fiesta perpetua seguían. Alejado, Mateo se dio cuenta del cuerpo de múltiples brazos y manos. Quizás eso hacían los viejos en los alrededores: admirar a una bestia. Mateo sacó unos audífonos y los conectó a Casiopea. El ruido disminuyó.

—¿Dónde puedo encontrar a Dalila, Casiopea?

—Tengo registradas a dieciséis Dalilas dentro de la fiesta perpetua. ¿Cuentas con algún otro dato para filtrar tu búsqueda?

Casiopea desplegó una pantalla con dieciséis rostros ordenados en una matriz de 4×4. Por una coincidencia increíble, cada Dalila se parecía a la otra, aunque tenían suficientes rasgos individuales para construir la identidad de cada una. Miraba los rostros de ellas, observando por momentos uno, y luego otro, esperando que el instinto hiciera lo suyo, que se le detuviera el corazón al mirar un rostro como pasó cuando la muchacha de pantalones bombachos y bicicleta casi lo atropelló. Chasqueó los labios.

—Casiopea, busco a la Dalila que casi me atropelló con la bicicleta.

—¿Perdón?

—Hace unos minutos, me preguntaste si quería datos adicionales sobre una Dalila. Quiero a esa.

—Buscando en mi historial…

—Gracias Casiopea.

Mateo esperó unos segundos.

—No tengo suficientes datos para completar la búsqueda.

—¿Por qué? No lo entiendo.

—Tengo dos modos de activación: Uno por proximidad y otro por base de datos. Cuando ignoraste mi solicitud de ofrecerte los datos, gracias a la proximidad, expurgué esa instrucción de mi sistema y todos los datos. Ahora solo puedo buscar a través de base de datos y esto se reduce a dieciséis personas llamadas “Dalila” a no ser que me des más información.

Mateo miró a las dieciséis mujeres. No lo entendía, ¿por qué era tan difícil? Recordó mirar brevemente su rostro, cuando ella gritó que lo sentía, pero eso no bastaba para tomar una decisión. Debía de haber algún modo de recortar la búsqueda. Se concentró y pudo descartar ocho de los retratos y los eliminó de la búsqueda. Había reducido a la mitad las posibilidades. De las ocho restantes, decidió por el color de cabello y la nariz, hasta dejar a sólo cinco.

—Necesito más información —repitió Casiopea.

Mateo creyó escuchar un ligero tono de burla en la voz impersonal de Casiopea. Eso, o ella de algún modo podía leer sus pensamientos y era testigo de su proceso mental de descarte.