Los amorosos callan. Dalila hizo un gesto de silencio con sus labios y sus manos, sus ojos iluminaron el mundo y Mateo lo comprendió: Sé mi espejo. Él hizo lo mismo que ella. Otras parejas, en el escenario, a su modo los imitaron hasta que, mientras corrían los movimientos (acercarse, alejarse, buscarse), se sincronizaron como si el impulso de Eros siempre les hubiera pertenecido. Mateo, después de andar en la multitud, se encontró consigo mismo, pero era la sonrisa de Dalila y cuando él bajó la mirada, por primera vez admiró el cuerpo de su amada. Los amorosos cambian. Intercambiaron los cuerpos pero no la memoria, no la cabeza. Mateo tenía ganas de llorar, en el cuerpo de Dalila, pero el cuerpo de Mateo, y el amor de Dalila, lo abrazaron antes de soltar las lágrimas. Mateo se preguntó, para sorpresa de su vida pasada como un cínico: “¿Cómo pude vivir antes de esto? ¿Y si esto acaba, cómo podré seguir viviendo?”.

En ese instante, Mateo se olvidó de sí mismo. Los amorosos son los que olvidan. Con otro cuerpo, otro sexo, renació en un instante. La confusión del recién nacido duró menos de un segundo y bailó con los otros, los amantes, los desnudos. Lloró con ellos, los abandonó, esperó su regreso. Una confusión de cuerpos bajo un baño de luz y de sombras. Desde la oscuridad, los espectadores comenzaron a aplaudir como si hubiera ocurrido un truco de magia, una ilusión sucinta que se apoderó no sólo de la canción de Sabines, sino del escenario donde unos locos transmutados interpretaban un acto de amor frenético y, en cualquier otro teatro del mundo, imposible.