Trató de beber en silencio pero, mientras más bebía, menos deseaba callarse. La gente parecía entretenerse a su alrededor, lo celebraban y él celebraba las risotadas, los chistes, los juegos con ellos; sin embargo las palabras de Filomena aún hacían ruido en su cabeza: “El esclavo de todos nosotros”.

Le ofrecieron andar por donde quisiera “dentro de su pequeño mundo”, pero ¿qué podía haber? Suponía que nada, que había caído en la trampa y que allí adentro, en ese microscópico universo, él sería lo más detestable. Si quería escapar de ese destino, era ahora. Buscó a Filómena y cuando la halló, con las mejillas rojas y las risas estridentes provocadas por el desliz etílico, tocó su hombro para llamar su atención.

—No quiero ser el pinche.

Filomena lo abrazó, le acercó la cara.

—Ya no puedes decir que no, muchacho. ¿No leíste las reglas?

—No me importa. No quiero ser el pinche.

La gente a sus alrededores se apartaron de ellos tan pronto escucharon la voz bronca de Mateo. Colette estaba ahí. Juntó sus manitas regordetas y sonrió con la ternura de un animal.

Mateo entonces lo descubrió: todos disfrutaban del conflicto, no importaba cual fuera su resolución. No likely end could leave them loss, or leave them happier than before. Filomena suspiró, apartó a Mateo del gesto maternal en que lo tenía y caminó para tomar dos cuchillos que esperaban en una de la mesas cercanas.

—Si no aceptas tu lugar en el juego tengo que matarte. Son las reglas. ¿Vale la pena?

Era una buena pregunta. Mateo quería ser firme, pero al mirar a los ojos de Filomena, descubrió una sobriedad que había dado por perdida. Alguien le dio un cuchillo en la mano, le sobó la espalda y lo empujó suavemente al círculo de pelea que se estaba formando. Lo vas a necesitar, escuchó. Su vida dependía de éste momento. Necesitaría mucha suerte si planeaba matar al coloso rollizo de cuchillos duales que le bufaba al frente.