¿Por qué estás tan vacío gordito? Otro bistecito a la boca, pero esta vez uno más grande, y luego un pedazo de arrachera asada y si eso no basta, puedes pedir que te rosticen un cerdo. ¿Recuerdas lo jugosos que se veían los jabalíes de Astérix, el galo? Ándale, pídete uno de esos. La boca de Mateo crece y el vacío de su estómago también. ¿Qué nadie puede verlo? De lejos, Mateo el tragaldabas mítico, mira a la rolliza sonrosada de Colette sonriéndole con tanto amor, como si estuviera frente al mismo Dios. No se le ocurre una solución: le pregunta al teléfono (perdón, a Casiopea, su amiga Casiopea) qué le está pasando. ¿Por qué tiene tanta hambre? ¿Por qué quiere salir corriendo de aquí e implotar como si pudiese comerse a sí mismo? Pero el teléfono no responde. ¿Y cómo iba a hacerlo? Eso le pasa por confiar en un aparato, como los señores que venden milagrosas pastillas para curar los dolores de cerebro y regenerar los miembros fantasma, sobre todo aquellos a la altura del pecho, ocultos en la masa de piel, nervios, carne y hueso. Mateo se mete el plato de salchichas a la boca. Cabe completo. Mastica los embutidos como mastica la cerámica. Sus dientes hacen crunch, crunch, crunch. Esto no ha terminado, gordito. Recuerda la soledad de la playa, la soledad de la arena, acostado con otros cientos de turistas, las pieles gordas y estriadas frotándose las unas con las otras, consolándose mutuamente bajo las estrellas y el maldito olor a sal, el maldito olor a sal. Mateo se ha comido una mesa completa. Dos mesas. Tres mesas. Cuatro mesas con todo y la gente. Pero nadie escapa. Te saben a la mejor mostaza. ¿Cómo? La boca de Mateo se convierte en un vórtice, un hoyo negro que no deja escapar masa, luz o a la nave fantástica de Neil deGrasse Tyson (ripoff/homenaje de Carl Sagan), o a la rolliza sonrosada de Colette. La sonrisa enrollada de Colette. La rondalla del son rosita de Colette. Los cocineros aceptan el reto, quieren ganarse su lugar en el Olimpo. Afilan los cuchillos, abren los fuegos y echan todo lo que pueden cocinar. Hay un cliente que no está satisfecho, grita uno. ¡Eso es decir poco!, exclama otro y señala a la habitación, al agujero negro que tienen frente a ellos, a Mateo el mítico tragaldabas, ¡ya no hay nadie aquí adentro más que nosotros compañeros! Los cocineros golpean los cubiertos, cantan sus cuchillos, nadie dirá que la orquesta dejó de tocar cuando todo se hundió en aquel vacío infinito.

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