Cuando Mateo comunicó su deseo de ser el pinche, Filomena aplaudió y la habitación se encendió: música, letreros, globos y escandalosos vítores. Apareció la gente. Los carniceros, los clientes, e incluso Colette, tomaron a Mateo con sus múltiples brazos y lo subieron a sus hombros para pasearlo, jugar con él como un muñeco. Mateo era el único globo de un carnaval privado.

El momento, en vez de asombrarle o contentarle, le parecía grotesco. Había entrado a una trampa y aún no sabía en qué consistía. La primera parte era aquella fiesta que había sido preparada desde hacía años y estaba esperando las palabras mágicas para revelarse. Lo llevaron, cargado en hombros, a La Habitación de los Hambrientos y lo sentaron a una mesa con múltiples manjares, donde además de los cortes antes mencionados, también había postres como chocolates, pasteles, panes y hojaldres.

Las botellas de vino y otros licores corrían y se distribuían por todo el lugar. Los comensales turistas y los carniceros se abrazaban, cantaban canciones, se ofrecían puñados enteros de comida sin siquiera utilizar los cubiertos. Cualquier otro que lo hubiera visto, habría pensado en la felicidad.

Las dos mujeres, Filomena y Colette, se acercaron. Podrían ser hermanas, pensó Mateo, solo que una es dulce y la otra tiene el corazón para quebrar la cabeza de un pollo sin dudar.

—Hoy puedes comer todo lo que quieras, beber cuanto pidas y andar por donde desees dentro de nuestro pequeño mundo —dijo Filomena—, porque mañana empezará tu vida como el esclavo de todos nosotros.

—No sabes cuánto nos alegra —añadió Colette—, creí que moriría en este lugar sin que tuviéramos un pinche involucrado en el juego.

Mateo no sabía qué decir pero a nadie pareció importarle; después de todo, era obvio que la fiesta no era para él. Bebió los licores que le ofrecieron en silencio mientras contemplaba, tras el vidrio distorsionado de la ebriedad, la fiesta a su alrededor.