No cabía duda. A pesar del diseño antropomórfico de las bestias; las escamas, el hocico chato, los colmillos, los ojos de pupilas verticales y el aliento a azufre, hacían concluir a Mateo que se trataba de dragones. Todo este tiempo había matado dragones, pensaba emocionado, aunque su persona científica le insistía que en realidad se trataba de una raza de reptiles cuyos individuos, probablemente, habían hecho raíces en la Tierra mucho antes que los humanos y para evitar múltiples hecatombes, luchando por la supremacía evolutiva del planeta, hicieron una casa en la superficie.

Mateo, igual que los otros carniceros, había llenado la ignorancia con un pastiche de información seudocientífica: el libro de Antonio Lumbalgia, la ciencia ficción de televisión y las lecturas de novelas pulp. No había momento, en la sobremesa, que no discutieran de las criaturas y trataban de darle algún sentido a la información y las experiencias que poseían de estos seres fantásticos.

Y los mataban. Mateo había intentado hablar con ellos, cuchillo en mano, en el angosto pasillo del matadero. Los miraba fijamente a los ojos para buscar una respuesta sensible, algo que impidiera dar la puñalada e iniciar una vía diplomática (algo que le provocaba una justa extrañeza: era sencillo pensarse el hombre de paz cuando tenía un arma entre las manos), pero en apariencia, era imposible interpretar el efecto de sus palabras en aquellos ojos inhumanos y después de que la bestia, todas las bestias, sisearan múltiples veces con su lengua bífida y azul, solían atacar extendiendo rápidamente las garras y trataban de buscar en ese primer golpe, a pesar de sus pesados cuerpos y de una agilidad biológica imposible gracias a su terrible evolución.

La lucha se convertía, al final, en el asesinato de un hombre, un individuo semejante a él, según Mateo. Y eso era lo más desconcertante.

Desconcertante y hermoso porque cada vez que una de aquellas bestias se encontraba en apuros, casi al final de la pelea, extendía los brazos y abría su hocico hasta límites grotescos. Débiles virutas de humo escapaban desde el fondo de su vientre. Como si alguna vez hubieran sido los dueños del fuego, como si alguna vez hayan volado los cielos como reyes y destruido la tierra como dioses. Entonces Mateo se lanzaba con el cuchillo y atravesaba el hocico del hombre serpiente, para cerrarlo, y suavemente someterlo al abrazo de una muerte, una muerte que debía ser distinta a la humana, un segador de almas de ojos verticales y una guadaña afilada y capaz de cortar cualquier extremidad escamosa de un sólo tajo, y Mateo se susurraba así mismo que él era el escudo de San Jorge, que él había nacido para matar dragones.

Pero no eran dragones, no expelían fuego, no volaban. Para salvaguardar la salud de su fantasía enferma, Mateo empezó a llamarles draconianos, como había leído en algún libro que les llamaban a una raza de seres similares.