Mateo supo con exactitud cuanto tiempo trabajó en el matadero, gracias a Casiopea: Tres años, veintidós días, seis horas.

Durante los primeros quince días, el trabajo fue engañosamente sencillo. Según las instrucciones debía empuñar uno de los cuchillos largos y filosos que se le proporcionaban en el área del sacrificio. Después debía abrir la puerta que lo llevaría al animal, vendarse los ojos y avanzar en línea recta hasta que se detuviera el sonido de los altavoces. Luego, según el manual, sólo se trataba de apuñalar.

Esa primera vez tenía tanta hambre que no se molestó al sentir el primer chorro de sangre cálida mojándole las manos.

El animal se quejó. Sí que lo hizo, los gemidos del primero todavía reverberaban en sus oídos y fue fácil evocarlos tan pronto mató a los siguientes: el segundo, el quinto, el mil. Su cabeza, sus memorias, se tornaban en un concierto variado de gritos, gemidos y quejidos. Al finalizar, otro sonido grave, en los altavoces, le advertía en el momento que debía dejar de apuñalar, soltar el cuchillo y buscar, a ciegas, el camino de regreso a la puerta ayudándose del pasillo angosto.

Mateo pensó con disimulada tristeza: “Sí, cuando todavía se trataba de animales”.

Filo le felicitó por su primer trabajo pero Mateo descubrió en sus ojos, además de orgullo, temor. ¿Por qué le costaba tanto trabajo entender qué el primero fue por el hambre y los demás, quizás, fueron una consecuencia del placer que le provocó el primer bocado?

Ese día, más tarde, en los dormitorios, le dieron un libro para familiarizarse con la cuestión. En realidad libro era una manera muy amable de llamarlo, cuando sus hojas eran fotocopiadas y su encuadernado muy simplón. Era decepcionante. Pero como todos los otros carniceros se referían a él como un libro, así lo llamaba. Se titulaba: “Cocina práctica y personal”, de Antonio Lumbalgia. Recuerda lo siguiente Mateo:

“Los músculos son lo más importante y deben herirse lo menos posible, ya que pueden proporcionar alimento por semanas, incluso meses, si uno es cuidadoso en el proceso de congelación. El cerebro también es una excelente opción, ya que posee altos índices de grasa y de glucosa, aunque algunos prefieren evitarlo ya que puede provocar el Kuru. Riesgo que es más factible en la raza negroide. En cambio, evite a cualquier costa los riñones y los hígados, ya que son fábricas para el desperdicio. Los dedos de pies y manos son inútiles por la cantidad de los cartílagos. El pene es inútil, no posee los suficientes rasgos nutritivos para hacer que valga la pena, ni siquiera como ingrediente”.

Luego de matar a su primer “animal”, Filo le preguntó que deseaba comer y Mateo respondió, con una sonrisa bermellón, que deseaba una hamburguesa. Ella lo llevó a su cuarto donde podía asearse y esperar su comida. También le explicó que actualmente había dieciséis carniceros.

—Este lugar… la Habitación de los Hambrientos, sabe cuando retirar a uno de nosotros. Yo, como soy la mayor, puedo trabajar aquí y detrás de la mes —Filo sonrió con tristeza—. También corro el riesgo de desaparecer en cualquier momento, pero tengo fe.

Mateo absorbió las palabras de Filomena, como se saborean los mandamientos de un dios.

Después de quince días rutinarios de matar misterios, asearse bien, alimentarse con cualquier cosa que pidiera y las miradas confusas y frustrantes de Filos, a Mateo le retiraron la venda y confirmó de dónde venía la carne. El juego se hizo real, palpable. El primer misterio fue revelado. Y tanto le fascinó el juego, que a pesar de algunas protestas débiles de su espíritu, decidió quedarse en él tres años más, como si fuera algo natural, como si fuera algo que siempre hubiera deseado y aquella fiesta perpetua lo hubiera llevado allí porque sabía como acariciar los deseos ocultos.