Tres años después, los draconianos recuperaron el cielo y lo hicieron frente a Mateo. Y aunque muchos creerán que a sus cuerpos les crecieron espontáneamente las alas de un murciélago, porque sería lo más obvio, en realidad recuperaron el cielo a través del lenguaje. Y el lenguaje de un dragón es tan alado como los cientos de pájaros en el Jardín de los Sabores.

Así lo descubrió Mateo frente al que sería su último trabajo. Filo se lo pidió como un favor antes de que él tomara la decisión de seguir en la Habitación de los hambrientos o de abandonarla definitivamente.

Casiopea fue entregada a las manos de Mateo, no sin antes regresar el recibo de papel. Y de inmediato entró al pasillo del matadero, afilando los cuchillos, su dispositivo en un bolsillo.

Miró a su contrincante y notó dos diferencias cruciales con todos aquellos que ya habían pasado por sus cuchillos: la mirada escalofriante, sagaz y humana; la sonrisa arrogante y llena de colmillos. Hábil, alerta, esperó al primer movimiento del draconiano y este, con un porte elegante y preciso, hizo una suave reverencia frente a su enemigo, el carnicero, como si éste mereciera todo el respeto, todo el cariño que lleva al camino de una bien meditada traición.

—Esta es un dragón que merece ser dominado —pensó Mateo y poco reparó en que le había llamado dragón en vez de draconiano.

Entonces la guía sonó en sus bolsillos. Mateo no contuvo la curiosidad y fisgó el contenido del mensaje. El dragón no aprovechó la ocasión, no hizo el menor movimiento, se recargó en una de las paredes y alzó una de sus piernas, cruzó sus brazos, como un gandul esperando la oportunidad de ser gandalla.

“Me parece que estás próximo a Freitag, participante de Caos desde hace 600 años. ¿Deseas seguirlo?”.

—¿Acaso tienes nombre? —dijo Mateo sorprendido, alzando a Casiopea para enseñarle su pantalla

El dragón expresó lo que puede ser interpretado como una risa.

—Hay cosas que siempre permanecerán como un misterio. Al menos, en esta vida, así debe ser.

Mateo sintió una punzada hambrienta en el estómago tan pronto le dijeron que había un misterio. De pronto se recordó en aquel camino empedrado, antes de entrar a la mansión que lo recibiría, caminando a un lado de Nico, evitando por suerte el golpe de Dalila.

Dalila, se dijo de nuevo, Dalila, y sintió como la lengua se le llenó de azúcar y creyó percibir uno de los aromas más dulces.

—Ven conmigo, estos muros no significan nada para mí. Ven conmigo y quizás aprendas algo en tu corta vida. Ah, las maravillas que puedo enseñarte, los tesoros que guardo y nadie se ha atrevido a robarme porque tenemos esta dura separación. La habitación de los hambrientos es simplemente un filtro, una barrera. Por fin he encontrado a alguien, casi me atrevo a decir que un caballero de verdad.

Empezaron a sonar las alarmas. Pronto habría gente que entrara a tomar el trabajo que él dudaba terminar. El dragón extendió su mano.

¿Debería decir que no?, se preguntó Mateo pero ya estaba aproximándose al dragón y, mientras se acercaba a él, abandonó los cuchillos en el camino. El pasillo parecía alargarse. Recordó la astucia de los dragones. Son engañadores por naturaleza, no por nada el dragón era asociado con Satanás (y el dragón sonrió justo cuando ese pensamiento pasó por su cabeza) pero, ¿por qué habría este de tomar el riesgo? Escuchó los gritos de Filo pidiendo que parara pero algo mayor había tomado posesión de él. El hambre, quizás. Estaba frente a una oportunidad como ninguna e incluso si todo salía mal, habría de morir en garras de un dragón original.

La mano humana acarició una garra escamosa. A Mateo se lo llevó la oscuridad.

Soy el dragón y mi caverna está en este mundo, y en todos los otros. Ya te maté alguna vez, cuando se me concedió el don del fuego, ¿lo recuerdas? ¿O es demasiado doloroso para ti? Quizás no lo has vivido. Lástima, esos mundos están muy juntos el uno del otro. Mateo muere calcinado, Mateo mata al dragón original, Mateo toma su mano y está dispuesto a conocer la verdad del mundo. ¿Sabes cuál es la verdad? Quizás algún otro ya te lo dijo: somos criaturas de papel, prisioneras en un cuaderno de muchas páginas, la imaginación febril de un orangután que no sabe cual piedra tomar para tirar la penca. Entonces lo escribe todo y algunas gentes lo observan, deciden por él; y así todos formamos parte del mundo, una estela que suelta algunos polvos de este mundo sobre los otros.

Aunque soy una criatura de papel también soy un observador, el vigilante, uno de los tantos colosos que te encontrarás una y otra vez, el dios que participó en la creación del Caos con su aliento heraclítico de fuego. Es mi responsabilidad llevarme un poco de esto y de aquello. Es mi trabajo proteger con la vida todo aquello que me llevo. Y así, durante milenios, porque 600 años es muy poco, ¿a poco le creíste a tu máquina? Guardo un pequeño tesoro de cada lugar que he visitado.

¿Ya sabes por qué te llevo conmigo?

Has leído “La verdad del mundo, según Freitag”.