Mateo recordó cuando perdió el aliento. Fue el mismo día que le quitaron la venda y le revelaron lo que estaba matando.

—¿Estás bien, muchacho? —preguntó Filo.

Filo le puso una mano en la espalda para reconfortarlo. Mateo contempló el cuerpo que tenía enfrente. La criatura, durante el acuchillamiento, estuvo amarrada. No pudo defenderse. Y aún así, a Mateo le pareció un logro matarla.

Tan pronto la vio, completa y real, frente a él, sintió el deseo de arremeter contra ella, desaparecerla de la realidad conocida. Y lo hizo, de algún modo lo hizo, olvidando las primeras enseñanzas de la ceguera: mantener la calma, ignorar la sangre, arrostrar los gritos.

—Lo hiciste bien. Calma, calma ya, lo hiciste muy bien. Y me alegra que lo hayas conseguido, ahora sabes la verdad… te dimos a los niños y a los débiles, pero esos no sobran. Los próximos serán más difíciles.

Tres años y Mateo no volvió a matar a ninguno de los chicos o de los enfermos, de aquellos que podían ser sometidos fácilmente.