Reconoció al último sacrificio por los pantalones bombachos. No podían ser los mismos, después de todo este tiempo, pero ello despertó la memoria: el rostro de la chica que estuvo a punto de atropellarle con una bicicleta. No podía ser otra. Ella, sin embargo, le esperaba al final del pasillo de la muerte, mirando distraídamente a un lado, mientras mascaba un chicle y golpeteaba la puerta de paja con su cuerpo. Tenía las manos a la espalda. Ella esperaba, con sencillez e ingenuidad, como si estuviera a punto de tomar un camión que la llevaría a otro lugar.

Mateo dudó en aproximarse. Nunca le había tocado alguien que no hiciera de su transición a la carne un drama.

–¿Esperamos a alguien? –preguntó la chica.

Al escuchar su voz recordó su nombre: Dalila.

–Creí que nunca te volvería a ver.

Dalila miró al frente, hizo una rápida sonrisa.

–Nunca me imaginé que te encontraría aquí.

Ella tenía que estar mintiendo. No era posible que lo recordara como él. Se acercó apretando el cuchillo firmemente en su puño. Era demasiada fuerza. Así no podría matarla, sólo herirla, pero es que no podía contenerse, no podía pedirle a su cuerpo que fuera el mismo asesino de antes.

Como aquélla primera vez que la vio, fugaz, el corazón oprimido en su pecho apenas le dejaba respirar. Tenía que decirle algo:

–¿Recuerdas?

–Claro, nos vimos al inicio, estuvimos juntos –dijo Dalila, titubeando un poco.

Quizás ella lo recordaba, quizás ella había hecho su vida golpeando gente. Ojalá hubiera leído la ficha antes de entrar. Ella, sin perder la sonrisa, separó el cuerpo de la puerta de paja y extendió los brazos. Mateo no podía creer su suerte, querían abrazarlo y él lo necesitaba para limpiar, si fuera posible, un poco de la sangre que había tomado.

Aquella vez, en un mar de verde interminable, la voz de Dalila le había parecido la de un ángel, y ahora aquel ángel le ofrecía un abrazo, la expiación, la verdadera redención. Mateo aceleró su paso para abrazarla cuando escuchó las alarmas, la puerta, la advertencia de Filo que llegó, como era de esperarse, demasiado tarde. Mateo, al voltear a ver lo que sucedía, olvidó a Dalila pero ella no lo olvidó a él: le arrebató el cuchillo y se lo clavó por la espalda.

–Eres un imbécil –pensó Mateo.

Mientras caía pudo ver a Filo entrando al matadero. Parecía decidida, con dos cuchillos en la mano, a matar a Dalila. Mateo casi pudo detenerla, casi, ya no podía hablar, perdía el conocimiento, el dolor se difuminaba en un descanso necesario y placentero. ¿Qué es lo que va a pasar ahora? Mateo todavía escuchó algunas palabras que se confundían: Ganaste tu libertad, sal de aquí, has limpiado tus crímenes a cambio de una vida, me convertiré en otra, me iré de aquí, me iré lejos, has matado a uno de mis mejores carniceros, ojalá nos volvamos a ver.

Mateo cerró los ojos. Su vida se escapaba. Su último pensamiento: el deseo de un poco de cariño y qué, a pesar de todo, había saciado un hambre que no sabía que tenía.

Has leído “La habitación de los hambrientos”.