Filo le pidió a Mateo su recibo de papel y un último favor:

—Despacha a una última bestia antes de que tomes una decisión.

Mateo deseaba continuar como su verdugo. No pensaba abandonarlo. Después de entregar el recibo, recibir a su guía y antes de poder explicarle su resolución a Filo; ella le tomó del brazo, le pidió que fuera discreto y no mencionara a nadie que lo dejó entrar con Casiopea al matadero.

—Te he graduado como carnicero. Puedes hacerte cargo de tu propia guía. Si decides quedarte con nosotros en la habitación de los hambrientos, de cualquier modo, tienes que guardarla antes de entrar a trabajar y recogerla cuando acabes, pero ya confiamos en ti. Ya eres uno de nosotros.

Mateo, el pecho hinchado de orgullo y la cabeza ocupada por dragones, entró para matar a la que podía ser su última bestia. O la primera después de ser declarado caballero de la Orden de San Jorge, como a él le gustaba pensarlo. Guardó a Casiopea en su bolsillo, limpió el cuchillo con el delantal para intimidar a su oponente y luego alzó la mirada para verlo a los ojos. Sus ojos eran distintos. Podía leer en ellos una intención letal. Entonces Casiopea empezó a vibrar.

El draconiano sonrió, si es que a eso podía llamársele una sonrisa.

El mensaje de Casiopea, que Mateo no alcanzó a leer, decía lo siguiente:  “Veo que estás próximo a Freitag, uno de los antiguos dragones, participante de la fiesta perpetua desde hace seis siglos, veintisiete años. ¿Deseas más información acerca de él?”.

Mateo se habría preguntado, y con buena razón, cómo es que Casiopea (o cualquier otra guía) sabía quienes eran los dragones pero no tenía tiempo para eso. No si quería sobrevivir.

Para sorpresa de Mateo, el draconiano tomó una bocanada de aire, infló el vientre y sus escamas verdes se iluminaron. El calor aumentó dentro del cuarto. Pronto abriría el hocico y lo quemaría. Su emoción creció: se enfrentaba  contra un dragón, uno verdadero, uno que podía expeler fuego. En algunas historias, recordó, los dragones eran espíritus mágicos, como los zorros o los mapaches, y podían transformarse en humanos o en lo que desearan. En draconianos, por ejemplo, mitad bestias y mitad hombres. ¿Pero por qué ahora? ¿Y por qué él? ¿Qué azar había lo había escogido para un evento único y, quizás, irrepetible? Poco le importaba.

Ganaría un gran prestigio si lograba asesinar a esa bestia, especialmente a esa. Midió rápidamente: el pasillo angosto no le daría suficiente espacio para maniobrar, sólo podía tener la esperanza de ser más rápido que el dragón y llegar antes de que el daño fuera irreparable. Filo, que lo veía desde uno de los monitores, hizo sonar las alarmas aunque no servirían de nada. El pasillo era una desventaja importante contra una criatura que podía exhalar un verdadero aliento de fuego. Si él moría, la gente detrás de él caería sin pelear siquiera.

Era su responsabilidad matar al dragón.