Mateo estaba avergonzado: nunca consultó con Casiopea porque no sabía que podía hacerlo. Respondió cocinero. Se prometió revisar las reglas antes de entrar a cualquier otra de las habitaciones temáticas de Caos. Primero debía llenar el estómago. La mejor prueba de ello es que el hambre lo tornó imprudente para las decisiones.

—Muy bien. Ve atrás del bufete y pide por Filo. Se llama Filomena pero le decimos Filo por la destreza de sus cuchillos: nunca están desafilados. Ella te proporcionará el uniforme y te dirá lo que debes hacer.

Siguió las indicaciones. En su camino, sintió la pesada mirada de los “comensales”. Gente adulta en su mayoría, vestidos de flores y pantaloncillos, como si vinieran de alguna playa de consumado turismo. En su mirada había algo de rencor, algo de odio, pero no dejaban de masticar la comida: bisteces de sábana, hamburguesas, roast beefs, milanesas, arracheras bien cocidas y a tres cuartos, t-bones, entre otras variedades de cortes. Y de carnes, supuso Mateo. El estómago se le hizo un nudo. Los cocineros y carniceros no lo miraron, pero cuando preguntó por Filo, dos muchachos señalaron con sus instrumentos a una mujer que trabajaba en moler un trozo de carne.

Barrió a Mateo con la mirada.

—Yo soy Filo. Ven conmigo, vamos atrás.

Filo se limpió la sangre de sus robustas manos con un trapo manchado de vísceras y sangre seca. Mateo, no pudo evitarlo, imaginó su cuello entre aquellas manos y supuso, correctamente, que no tendría oportunidad alguna. Además le habían prometido que era una mujer versada con los cuchillos. La siguió a la entrada de la habitación oculta donde aquellas personas misteriosas hacían fila y desaparecían. Qué tan grande era Caos, se preguntó Mateo, que una sola de sus habitaciones podía ofrecer un inmenso misterio.

—Antes de entrar dame tu guía —dijo Filo, la voz se le entrecortaba—. No la usarás en algún tiempo. No te preocupes. Se te regresará cuando hayas cumplido.

Mateo entregó a Casiopea algo incrédulo pero, anticipando que los cocineros son los que mejor comen, disipó las dudas y dejó de pensar en ello.

Siguió a Filo hacia un pasillo pintado de blanco que se dividía en dos. Por la izquierda, la fila de personas caminaba lentamente hacia otra habitación. Filo llevó a Mateo por la derecha, donde un letrero blanco de letras rojas exclamaba alegremente: “ÁREA DE TRABAJO”. Entraron. Se encontraban en un vestidor.

—Éste es tu casillero. Tu guía se quedará aquí, conectada como las de todos nosotros, y no podrá ser desconectada hasta que termines tu vida en la Habitación de los hambrientos. No intentes desconectarla o corres el riesgo de perderla. Sin embargo…

Ella no terminó la frase, quizás se arrepintió. Filo conectó el teléfono a un cable y un conector que funcionaba como un seguro. El cable salía de las profundidades del casillero. Mateo distinguió que el cable estaba atado a un LED que marcaba una cantidad de tiempo indeterminada. Sabía que el dispositivo que tenía en la lengua lo tenía ligado, de algún modo, a Casiopea pero no sabía cuánta información estaba transmitiendo a través de él. Quizás era un medidor bioquímico de algún tipo y, por un momento, se maravilló de toda la clase de datos que podían obtenerse de esa forma. Así Casiopea supo interpretar que le gustaba la chica de la bicicleta, Dalila, por ejemplo. ¿Hormonas, temperatura, pulso, resequedad de la boca? Mateo tuvo un escalofrío. ¿Y la privacidad?

Filo le entregó a Mateo un recibo.

—Necesitarás esto. Así es como te entregaré tu guía cuando sea el momento.

Era encantador que, de un momento a otro, la alta tecnología dependiera de un papel.

—Mi guía se llama…

—No me lo digas. Por educación. ¿Eres nuevo aquí? Eres nuevo. Sí, eso debe ser —dijo Filo y sonrió cansada—. Ponte tu uniforme. Se te alimentará dos veces al día: a las diez de la mañana y a las seis de la tarde. A veces se usará carne de aquí, a veces se usará carne de Caos. No es posible saberlo. Antes de trabajar con nosotros, detrás de la mesa, tienes que trabajar el tiempo que dicte tu guía en otra parte. Hay niveles. Sin embargo, debo preguntarte en qué nivel deseas empezar: ¿quieres trabajar en el matadero o de pinche? Si te interesa saber, a los mataderos se les da más comida y acaban más rápido. En cambio, aunque los pinches se quedan más tiempo, son más felices. Tú dirás.