Fansworth abrió la boca para responder cuando Tony lo interrumpió con un amable golpecito en el hombro. Compartieron una mirada que Mateo no supo interpretar, pero cualquier otro diría que hubo una complicidad, un chispazo de ingenio y travesura. Fansworth sonrió ligeramente y se regresó a observar su teléfono. No era fácil adivinar si sonreía por la travesura que estaban a punto de cometer o porque miraba algo en su dispositivo que le complacía enormemente.

—Estás buscando la Habitación de los hambrientos —dijo Tony, con pedazos de comida todavía en la boca—. Tienes que atravesar ese jardín que ves allá, ir derecho hacia el norte, y entrar a la primera habitación de puerta roja que encuentres. Ahí te darán de comer. Si tienes suerte te darán una hamburguesa como la mía.

Tony guiñó el ojo y Mateo dejó de preocuparse. Que fácil era sentirse cómplice de ese hombre. Sus rasgos eran infantiles y muy amables, como el rostro de un niño satisfecho. Fansworth, en contraste, no podía ocultar los placeres: su rostro afilado y sus ojos claros parecían construidos para ello por un azar de malicia genética.

—¿Es muy lejos?

—Estarás ahí pronto. Y si no sabes, recuerda, pregúntale a tu guía —dijo Tony y palpó su bolsillo, refiriéndose al dispositivo—. No olvides que buscas la Habitación de los hambrientos.

Mateo agradeció a ambos hombres y subió las escaleras centrales para salir al jardín central. Antes de avanzar por la puerta, regresó la mirada para verlos una vez más pero ambos reanudaron la conversación de hace unos minutos y aunque esperó a que le miraran, y se despidieran, ellos estaban absortos en lo suyo. Eran hombres mucho más viejos que él. Según Casiopea, Tony llevaba dos años y Fansworth cinco en la fiesta perpetua. ¿Cómo era posible hacer una vida en este lugar? Uno de los tantos misterios que deseaba descubrir.