• Anoche me dijo un tío–. Con qué… ¿treinta, verdad? ¿Qué se siente? –Le pregunté a que se refería. Olvidé por un momento que había atravesado una década y que, inevitablemente, dejé atrás los veintes para siempre. Mi tío se rió, me di cuenta a que se refería pero fue demasiado tarde. Él me dijo–. No te preocupes. Tienes todo un año para acostumbrarte.

  • Me gustaba imaginar que tendría treinta. Ya tenerlos es otra cosa.

  • El día que cumplí años caminé con Nico, mi basset, por terrenos inexplorados. Dimos una larga vuelta por una de las avenidas más grandes de Puebla (y cuyo nombre, ahora se me esfuma). Paseamos por parques, camellones, calles de transición que unen al centro con avenidas, vecindarios abandonados y centros escolares. Terminamos exhaustos. Sin embargo creo que esa enorme cantidad de nuevos olores la hizo crecer un poco. Tal vez yo también crecí.

  • Recibí muchos mensajes por Facebook pero me hubiera gustado más que vinieran. Ni modo. “You can’t always get what you want”.

  • Ayer alguien me preguntó mi edad. Para seguir la conversación, me dijo–. Ah, yo fui a una fiesta de treinta hace poquito –Pregunté cómo era una de esas y no me dieron una respuesta satisfactoria.

  • Probablemente, como un resultado en mis cambios de edad y la soledad de mi oficina, compré dos cactos nuevos. Uno se llama Carver (el cual es una palma de Madagascar), y el otro se llama Ulises. Cambié a Bob a una maceta mucho más grande, con esperanza de que los años lo harán crecer tan grande como un hombre. Los pequeños cactos esperan su turno en la ventana de la oficina. Pasarán años, lo sé.

  • Llevo en mi teléfono una aplicación para registrar momentos (como el nombre de la aplicación). Es una manera novedosa y poco intrusiva para tener un diario, y responde a las exigencias de anotar algo con rapidez. En ese cuaderno digital registro pensamientos breves e íntimos. En algún lugar debo hacerlo. También podría funcionar para registrar ideas mientras camino (libros que quiero hacer, proyectos que deseo concluir).

  • Parece que a estas alturas, mi uso de las palabras: nenorra, chaviza, chipocludo, fiestuca, entre otras… delatan mi edad y me convierten en un hombre muy viejo para cierto target.

  • He dejado el cigarrillo, he bajado cuatro kilos controlando lo que como, he tomado dos litros de agua diaria, camino dos veces al día con Nico (el basset), todos los días riego mi jardin. Parece que he llegado a un estado de tranquilidad budista. Quién sabe. Tal vez con los treinta cumplidos, me convertiré en un asesino serial o en el productor de películas pornográficas que siempre soñé. ¿Escribir? Qué vocación/oficio tan arcaico.