Los cuervos…
buscan un técnico.

No es porque se les haya
descompuesto
la PC.

(Ellos escriben a papel y lápiz.
Ellos miran su porno en los quioscos.
Ellos juegan con pelotas
y con cartas cuya textura adoran
con el rasgueo de sus alas.

Los cuervos
roban libros
de todas las bibliotecas,
de las mochilas de los niños,
de los vigilantes soñolientos,
de los profesionistas asalariados
para leer.

Los cuervos
leen periódicos que la gente descarta
y abandonan en los cafés,
en los baños,
en los patios donde entrenan a sus perros.)

Los cuervos…
buscan un técnico
que explique
como funcionan los relojes del fin del mundo.

También quisieran preguntarle
como funcionan los cortapastos,
los hornos de microondas,
las máquinas de movimiento perpetuo,
la transmisión de datos en cable óptico,
los cigarrillos eléctricos.

(Los cuervos ya saben como funcionan esas cosas.
También entienden:
las cartas astrales,
la hipnosis a distancia,
el chakra, el chi, el cosmos,
la energía del bien y del mal
que se juntan como esferas
bicromáticas
en un símbolo.

Sí, ellos ya saben.

Les urgía encontrar al técnico por
otros motivos.
El técnico se había robado algo.)

Primero llamaron a servicio técnico.
No me pregunten de cual…

son los cuervos y los cuervos…
se toman en serio las venganzas.

Llamaron a todos los servicios
que tienen imanes para el refrigerador:
Al de Whirlpool, al de LG, al de Apple,
al de Prodigy, al de Movistar, al de Megacable,
al de Totalplay.

Llamaron, además, a todos los particulares
que pudieron encontrar.

Entre las voces que escucharon
no reconocieron al ladrón.

Gastaron muchas horas
pero los cuervos tienen mucho tiempo.

(Son más conscientes del tiempo,
aunque no prudentes,
desde aquel terrible incidente
donde murieron todos los cuervos
y sólo quedaba uno,
que tuvo que pelear contra la Muerte,
tuvo que hacer tratos con Satanás,
tuvo que conseguir los artificios que le pidió Dios,

y tuvo que hacer un recorrido completo
de todos los callejones de la ciudad de México
en busca de basura para alimentarse.

Hizo trucos estúpidos en Chapultepec
por unas migajas de pan.

Tuvo que negar la tentación de las palomas,
tuvo que reconstruir los pedazos del cielo
cuando lo rompió por error,

tuvo que viajar en el tiempo y reescribir la Biblia
que ahora se encuentra en otra línea alterna de tiempo,
donde no hay serpientes sólo cuervos
y los cuervos son numerosos, y místicos, y respetados, y temidos
en ese paralelo.

Luego regresó a su tiempo
y Dios le pidió la espada de Excalibur
y Satanás le pidió el Escudo de la Paradoja
y la Muerte le pidió unos Chilaquiles de la Conchita
y con las alas rotas y el pico chato, tuvo que hacer los tres encargos
todo ese tiempo pensando—: Algún día tendré la venganza,
algún día seremos numerosos
y nos volveremos a reír de ustedes dioses
y de ustedes los hombres
y de ustedes las palomas y los árboles y los delfines.

Volveremos a jugar cartas en la noche
y bailaremos danzón bajo el sol del medio día,
y break dance los domingos en las plazas.

Volaremos en parvadas a la tumba de Mamá Cuerva
que yace enterrada bajo un sauce llorón,
su cuerpo de plata resguardado por una caja de zapatos
y podremos entonar nuestra canción.

Algún día.)

Contrataron un anuncio en los periódicos
y en internet.
Recibieron muchas llamadas a su número 800,
recibieron millares de correos electrónicos al día
que más tarde que temprano
se rindieron en leer y en escuchar.

Un cuervo
—el más sensato dellos—…
sugirió: contratemos chinos
para que nos hagan un resumen
a través de un software hindú.

Los otros cuervos, obnubilados por un intenso deseo de venganza,
no hicieron caso.
Así que cada cuervo por su lado.

El más huevón se puso a buscarlo en las redes sociales.
El más deportista voló alrededor de la tierra cientos de veces.
El más policíaco preguntó a los contactos del bajo mundo.
El más enfermo le preguntó a las prostitutas sadomasoquistas.
El más confundido gañía desde la copa de un árbol.
El más sensato abrió una empresa de software en Asia.

(Era de vital importancia
que recuperaran ese algo.
¿Qué era? Poco importa.

Los cuervos
son los ladrones.

Nadie puede robarle a los cuervos.
Baal ya lo intentó y tuvieron que darle de nalgadas
como solía a educarse a un niño mal portado
y lo escucharon llorar, y llorar, pero no cejaron.

Dios quiso prohibírselos y ellos le picaron
los dedos de los pies justo por donde se asoman
en sus celestiales sandalias.

Y bueno, la Muerte… por eso la Muerte les da chamba:
—Tráiganme el alma de los vivos
a punto de morir
cuando yo no puedo hacerlo
y serán bien recompensados.

Y siempre son bien recompensados.
Porque ellos son los ladrones.
Ellos son los astutos, son los tramposos,
son los que saben de todo y fingen
ignorancia con una maestría asombrosa.

No pueden permitir que un “técnico”
venga y se lleve lo suyo.)

Años después lo encontraron.

Los cuervos volaron a la casa del hombre.
(Su dirección anotada torpemente
en un papel.)
El día se oscureció en aquella calle.
Los cuervos graznaron parejo.
Era imposible ignorarles.

Un cuervo aterrizó a la entrada de la casa
y tocó la puerta.

Un hombre delgado y viejo la abrió.
Sus ojos enrojecidos,
su cabello cano,
sus manos huesudas y temblorosas.
El hombre sabía que venían por él.
Cerró los ojos y esperó su castigo.
—Lo siento mucho… de veras lo siento.

El cuervo…
entró a la casa.

Voló suavemente hacia una repisa,
encontró el objeto robado y lo guardó en un morral,
Sonrió satisfecho.

Al salir
miró al hombre de los ojos cerrados
y le escupió en la cara.

—No lo vuelva a hacer —dijo el cuervo
y se fue, y se fueron.