Treinta libros es un ejercicio de 30 días para recomendar libros que has leído. Uno a la vez.

Hay libros que se sintieron una eternidad… “El túnel”, por ejemplo, fue una eternidad de dos horas. No terminé la segunda parte del Quijote cuando me hizo encabronar (pero pienso terminarla este año). Absalom, Absalom! de William Faulkner, fue un doloroso camino de tres semanas. Sin embargo… este otro libro: “El tambor de hojalata”, lo empecé al mismo tiempo que la segunda parte del Quijote (en el 2002 ó 2003), y apenas tuve el valor de terminarlo en el 2010.

El tambor de hojalata me sacaba del camino cada vez que llegaba al capítulo donde la madre de Oscar, por una compulsión mortal, decide comer pescado crudo hasta envenenarse y dar por terminada su vida (Sentía una tremenda culpa por amar a dos hombres al mismo tiempo y no poder decidirse por uno). Cuando terminaba ese capítulo, debía cerrar el libro y esperar unos meses para empezarlo de nuevo. Cada vez que retomaba el libro empezaba desde el inicio, hasta llegar al capítulo de la muerte de la mamá de Oscar y entonces, tal vez avanzaba unas páginas, tal vez avanzaba dos capítulos más y lo abandonaba de nuevo, sabiendo que algún día tendría que atravesar esa laguna de tristeza.

Entonces me prometí dejar atrás la tristeza y seguir leyendo, enfocarme en la personalidad de Oscar: un dios travieso, un mentiroso, ladrón, pervertido, deforme y que podía salirse con la suya. El viaje cambió de enfoque y pude caminar a su lado, mientras éste tocaba su tambor a lado de jovenes artistas, de trompetistas, de las cicatrices de Truczinski, del restaurante donde pelaban las cebollas para llorar –simplemente llorar y nada más–, de cuando Oscar desafió a Dios en las ruinas de una iglesia y éste tomó posesión de una estatua para responderle el desafío. Seguí leyendo a un lado de Oscar, Rasputín y Goethe, y Werther, y Bolaño, y esos poemas alemanes que alguna vez escuché en un evento de la facultad y no entendí nada, pero se escuchaban bellísimos, y me hacía pensar que la juventud nazi, antes de la matanza, antes de que avanzaran a su autodestrucción, recitaban estos poemas como lo hacían los soldados que conoce Oscar antes de abandonar Danzig para descubrir su destino.

Este libro fue un largo viaje, pero valió la pena.